domingo, abril 13, 2014

10 comics (aún) inéditos en España que estoy siguiendo en formato digital

No tengo intención de hacer en esta entrada una argumentación tipo comic en papel vs. comic digital. Si queréis eso lo dejamos para los comentarios. Aún así, todo lo que yo pueda opinar al respecto ya lo ha explicado mucho mejor Javi Olivares en esta entrada de su blog. Es decir, que más allá de mi devoción por los tebeos como algo físico y tangible, estoy muy contento con la tablet que me regaló hace unos meses J. (mayúscula), a la que empecé a dar bastante uso a raíz de mis colaboraciones con ECC Ediciones y que actualmente me sirve casi exclusivamente para leer comics. Pero, como decía, esta entrada no va de eso sino de series que antes o después (¡o nunca!) veremos publicadas en castellano por editoriales autóctonas. Series como...


Black Science
Guión: Rick Remender. Dibujo: Matteo Scalera. Color: Dean White.
Image Comics. Serie abierta. 5 números publicados.


Rick Remender ya había demostrado su entusiasmo por los universos paralelos, preferiblemente repletos de fauna y flora amenazadoras y un indudable componente pulp, en trabajos para Marvel Comics como “Imposibles X-Force” o “Capitán América”. Con “Black Science”, el creador de “Fear Agent” (otra de aventuras fantacientíficas en entornos alienígenas) eleva esta predilección por el viaje interdimensional a su máxima potencia. La odisea espaciotemporal de Grant McKay y su Liga de Científicos Anarquistas, saltando constantemente entre las infinitas capas de cebolla del Siempreverso (traducción libre, propia y posiblemente imprecisa del “Eververse” inglés) en busca de su mundo de origen, no son especialmente novedosas desde el punto de vista conceptual, pero combinan el encanto aventurero de seriales televisivos como “Quantum Leap” o “Lost in Space” con las atmósferas exóticas y surreales de la generación “Metal Hurlant”.


Buena parte del mérito lo tiene el dibujo de Matteo Scalera, espectacularmente pintado por el colorista Dean White. Definitivamente, el arte de “Black Science” supone la diferencia entre un comic simplemente entretenido (cuyo guión, hay que decirlo, mejora número a número) y una compra segura.




Collider / FBP: Federal Bureau of Physics
Guión: Simon Oliver. Dibujo. Robbi Rodriguez. Color: Rico Renzi.
Vertigo (DC Comics). Serie abierta. 9 números publicados.


Las leyes que rigen nuestro universo se han vuelto locas de la noche a la mañana y anomalías físicas se suceden sin un patrón aparente en distintos puntos de la geografía mundial. Para contenerlas y restituir la coherencia del espacio-tiempo se crea la Oficina Federal de Física, un organismo gubernamental que atiende emergencias tan disparatadas como la súbita desaparición de la fuerza de gravedad en un colegio público o la manifestación espontánea de una ciudad especular en el cielo de una gran urbe.


El primer número se publicó bajo el título de “Collider” y a partir del segundo, por cuestiones de copyright, la serie fue rebautizada como “FBP: Federal Bureau of Physics”. Escribe Simon Oliver (responsable de los guiones de “The Exterminators”, título del sello Vertigo que pasó sin pena ni gloria y acabó cancelado antes del final previsto por sus autores) y dibuja Robbi Rodriguez con un estilo dinámico y suelto, de apariencia inacabada, que me recuerda un poco al Cyril Pedrosa de “Portugal” (lo cual sólo puede ser algo bueno). Es verdad que el auténtico punto fuerte de “FBP” es su apartado gráfico, pero el argumento es bastante interesante, sobre todo la parte de las conspiraciones empresariales que rodean a la burocracia de la organización que da título al comic, y además las anomalías físicas que deben afrontar sus protagonistas son un gancho muy interesante. Una lectura agradabilísima, en resumen.




Deadly Class
Guión: Rick Remender. Dibujo: Wes Craig. Color: Lee Loughridge.
Image Comics. Serie abierta. 3 números publicados.


Otra de las nuevas ideas de Rick Remender (un tipo que deber tener muchas ideas, en vista de su producción reciente tanto para Marvel como para editoriales más pequeñas) es esta “Deadly Class” que presenta al huérfano y vagabundo Marcus, captado desde las calles de la San Francisco de finales de los años 80 por una escuela secreta de asesinos adolescentes. El primer número me recordó mucho a “Sin blanca en el cielo y el infierno”, la saga con la que arrancaba “Los Invisibles” de Grant Morrison. El segundo parece una perversión de las fantasías de J.K. Rowling. No fue hasta el tercero que por fin descubrí una personalidad propia, oscura y amoral, enriquecida con una banda sonora de los Smiths.


Aún es pronto para decidir si “Deadly Class” es una compra segura o sólo un tebeo con un planteamiento atractivo. Por ahora, la vistosa narrativa de Wes Craig y el espectacular trabajo cromático de Lee Loughridge me parecen razones más que suficientes para seguir probando con una serie que apunta más alto con cada nuevo capítulo pero que todavía no me ha dejado boquiabierto.




Jupiter's Legacy
Guión: Mark Millar. Dibujo: Frank Quitely. Color: Peter Doherty.
Image Comics. Serie limitada de 12 números. 4 publicados.


Lejanos los tiempos en que Mark Millar era uno de los guionistas más interesantes del mainstream angloparlante, hay todavía que reconcerle al escritor escocés dos importantes méritos: el primero, su espectacular dominio del marketing, consiguiendo que su nombre en portada se haya convertido en sinónimo de “best-seller” y “adaptación al cine”; el segundo, que ha sabido rodearse de los mejores artistas gráficos del medio. En el caso de “Jupiter's Legacy”, Millar forma equipo con el dibujante que ilustró buena parte de sus (estupendos) guiones para “The Authority”, Frank Quitely, y un servidor no necesita saber más de cara a hacerse con el tebeo.


Poco importa, entonces, que el argumento de “Jupiter's Legacy” no sea precisamente el colmo de la originalidad. Se trata, de hecho, de un refrito de conceptos extraídos del “Zenith” de Grant Morrison y Steve Yeowell y del “Miracleman” de Alan -ups, perdón- El Escritor Original, aderezado con un toque de aventuras exóticas a lo “King Kong” y un leve trasfondo social que apunta (muy de refilón) hacia la actual crisis político-económica. Pues vale. Con Quitely a los lápices, por mí como si la historia gira en torno al cultivo de coliflor en Pomerania. Otra cosa es que, más allá de la excelencia del ilustrador, “Jupiter's Legacy” se lea con sumo agrado e incluso tenga un par de momentos más o menos inspirados. Al ritmo de publicación actual lo más probable es que su duodécimo número no esté disponible antes de 2017, y hasta entonces Millar tiene todo el tiempo del mundo para cargarse uno de sus trabajos más interesantes en años (junto con otro título reseñado en esta misma entrada). Mientras tanto, yo seguiré disfrutando como un enano con cada nueva plancha firmada por el dibujante de “All-Star Superman” y “JLA: Tierra 2”.




Lazarus
Guión: Greg Rucka. Dibujo: Michael Lark. Color: Santi Arcas.
Image Comics. Serie abierta. 7 números publicados.


En un futuro no demasiado lejano, la división geográfica del planeta no responde a territorios políticos sino financieros, dirigidos por familias que acumulan toda la riqueza y la tecnología. La minoría útil para estas totalitarias familias (the serf) tiene un estatus y unos privilegios con los que no cuentan los despojos (the waste), una inmensa mayoría de la población que vive en la indigencia. Cada familia cuenta con un miembro modificado con alta tecnología genética y cibernética, virtualmente inmortal, llamado Lazarus. Los Lazari, auténticas armas vivientes monitorizadas por telemetría, están diseñados para obedecer ciegamente a su familia. La Lazarus de la familia Carlyle se llama Gina Carano Forever.

(Off-topic: ay, Gina Carano, la única persona que puede hacerle ESTO a Michael Fassbender y seguir contando con mi bendición).


Pese a ser un refrito de ideas ya conocidas, la nueva serie escrita por Greg Rucka y dibujada por Michael Lark (ambos habían coincidido hace años en la excelente “Gotham Central”) consigue dejar atrás la inicial desconfianza que despiertan los lugares comunes en que se asienta presentando una trama adictiva, una interesante galería de personajes y unas escenas de acción FA-BU-LO-SAS. Su crítica hacia el actual orden económico mundial le otorga una segunda lectura de corte social que, pese a la ausencia total de sutileza con que está planteada, no deja de ser un valor añadido. Que el estilo gráfico de Lark recuerde poderosamente al David Mazzuchelli de mediados de los 80 (el de “Batman: Año Uno” y “Daredevil: Born Again”) también lo es, claro.




Manifest Destiny
Guión: Chris Dingess. Dibujo: Matthew Roberts. Color: Owen Gieni.
Image Comics. Serie abierta. 6 números publicados.


En 1803 Napoleón vendió Luisiana a los Estados Unidos de América. Unos meses después, el presidente Thomas Jefferson envió una expedición liderada por Lewis y Clark para realizar una exploración del territorio siguiendo el cauce del río Misuri hasta la costa del Pacífico, con el propósito de abrir nuevas vías de comercio. Pero, ¿y si el auténtico objetivo de esta expedición no fuese la simple exploración? ¿Y si Luisiana en realidad estuviese habitada por (oh, sí, nena) monstruos? Et voilà: “Manifest Destiny” o qué pasaría si Mike Mignola reescribiese “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad.


El productor y guionista catódico Chris Dingess (no he visto nada de su trabajo para televisión, pero me suenan títulos como “Reaper” y “Almost human”) se estrena en el mundo de las viñetas en colaboración con el ilustrador Matthew Roberts (con un estilo que recuerda un montón a Tony “yo-dibujé-los-seis-primeros-números-de-The-Walking-Dead” Moore). El resultado es una violenta aventura con toques de terror que avanza lenta pero segura, creando una atmósfera de amenaza constante para los ¿héroes? del relato, con un dibujo bastante majo redondeado por un gran trabajo del colorista Owen Gieni.




Sex Criminals
Guión: Matt Fraction. Dibujo: Chip Zdarsky. Color: Christopher Sebela.
Image Comics. Serie abierta. 5 números publicados.


Hacía tiempo que el arranque de una serie regular no me enganchaba de esta manera; que unos personajes nuevos y desconocidos no me enamoraban así. Suzie es una bibliotecaria con una habilidad excepcional: cuando tiene un orgasmo, el tiempo se detiene a su alrededor. Después de años de relaciones que iban de lo profundo a lo circunstancial, conoce a Jon y los dos tienen un flechazo. Las cosas se ponen realmente raras (e interesantes) cuando ambos tienen sexo y Suzie descubre que Jon tiene su mismo poder orgasmo-cronal y que ambos pueden moverse en libertad por ese instante congelado que él denomina Cumworld. Y ¿qué deciden entonces nuestros protagonistas? Tener sexo y/para robar bancos y convertirse en los criminales sexuales del título.


Hasta que leí “Sex Criminals”, Matt Fraction me parecía un guionista tirando a mediocre que había tenido la suerte de despuntar en Marvel gracias a su colaboración con Ed Brubaker en “El inmortal Puño de Hierro”. De su trabajo posterior sólo me gusta moderadamente “Ojo de Halcón”, y eso es en gran medida porque el apartado gráfico está encabezado por el inmenso dibujante patrio David Aja. “Casanova”, su mayor éxito independiente hasta la fecha, me decepcionó bastante a pesar de contar con los hermanos Gabriel Bá y Fábio Moon a los lápices, y su etapa recientemente concluida en “Fantastic Four” es auténtico guano super-heroico destinado a las tiendas de saldos. “Sex Criminals”, sin embargo, es algo muy distinto: una serie divertidísima, repleta de diálogos ingeniosos, recursos narrativos inusuales, personajes entrañables y un par de escenas realmente antológicas (como ese momento musical del número 3 en el que creí que iba a MORIRME DE AMOR). Está bien dibujada por Chip Zdarsky, con un tono indie que me recuerda un poco al Alex Robinson de “Malas ventas” y “Estafados” (tampoco mucho, no sé, algo), lo cual siempre está bien, sobre todo para un tebeo tan cómico, romántico y plagado de referencias culturales inesperadas y maravillosas como éste. Se nota que me gusta, ¿verdad?




Starlight
Guión: Mark Millar. Dibujo: Goran Parlov. Color: Ive Svorcina.
Image Comics. Serie limitada de 6 números. 2 publicados.


Comentaba un poco más arriba lo afortunado/avispado que es Mark Millar al colaborar en sus proyectos con algunos de los dibujantes más talentosos de la actualidad, y “Starlight” es buena muestra de ello. El artista croata Goran Parlov, curtido primero en la industria del fumetti italiano y posteriormente en algunos títulos de acción y espionaje para Marvel (“Viuda Negra”, “Punisher”, “Furia MAX”), se imbuye del espíritu de Moebius para dibujar la historia de Duke McQueen, héroe espacial trasunto de Flash Gordon que regresó a la Tierra tras protagonizar sus aventuras alienígenas y ha vivido desde entonces una vida de lo más anodina. Incapaz de convencer a la opinión pública de que sus hazañas fueron reales, anciano, viudo y prácticamente abandonado por sus atareados hijos, McQueen es presentado en la actualidad como un Walter “Gran Torino” Kowalski que ha perdido la ilusión por vivir, más allá de rememorar sus felices años de juventud en el planeta Tantalus. Será entonces cuando un visitante de las estrellas acuda a él para pedirle que se embarque en una última aventura intergaláctica.


Los dos números de “Starlight” publicados hasta el momento suponen el mejor trabajo que le recuerdo a Millar desde “El viejo Logan”. La contención, descripción de personajes y el tono en que se mueve la obra tienen poco que ver con el gusto por la violencia gratuita, los diálogos deliberadamente provocadores y el humor escatológico-adolescente que Millar viene esgrimiendo en los últimos años. Lejos de ser original (con Millar eso ya está descartado), “Starlight” me parece, en fin, un comic bien escrito y maravillosamente dibujado y coloreado. Quedan aún 4 números y la cosa puede torcerse mucho (miedo me dan los villanos que el escocés vaya a enfrentar al héroe sexagenario) pero por ahora, como digo, chapeau.




The Royals: Masters of War
Guión: Rob Williams. Dibujo: Simon Coleby. Color: J.D. Mettler.
Vertigo (DC Comics). Serie limitada de 6 números. 3 publicados.


Resulta fascinante cómo, casi 30 años después, el “Miracleman” de El Escritor Original continúa siendo una referencia constante cada vez que un guionista decide escribir un tebeo sobre seres superpoderosos en un contexto (digamos) realista. “The Royals: Masters of War” es la penúltima aproximación al género desde este ángulo, trasladando la acción a la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué pasaría si las distintas casas reales de todo el mundo fueran prácticamente dioses y hubieran realizado un pacto de no intervención en los conflictos armados entre sus países? ¿Y si el joven príncipe británico Arthur hubiese tomado partido tras el bombardeo de Londres por parte de la aviación alemana? ¿Cómo reaccionarían los monarcas del resto de naciones enzarzadas en la contienda y cómo afectaría esto al rumbo de la guerra?


“The Royals: Masters of War” está escrita por un inglés, Rob Williams, y dibujada por otro, Simon Coleby. Así que, en cierto modo, retoma la intención inicial del sello Vertigo de ser la línea británica para adultos de DC Comics. Y aunque es cierto que no aporta absolutamente nada a lo ya visto en numerosos tebeos de super-héroes con planteamientos similares (mencionaba “Miracleman”, pero “The Authority” y “Supreme Powers” son otros referentes bastante próximos en intenciones), es un trabajo tan profesional y entretenido, con un dibujo interesante en la línea de Lee Bermejo (salvando importantes distancias, ojo), que bien merece un par de atentas lecturas. Eso sí, ¿alguien se imagina un tebeo similar a éste, producido en nuestro país y protagonizado por los Borbones?




The Wake
Guión: Scott Snyder. Dibujo: Sean Murphy. Color: Matt Hollingsworth.
Vertigo (DC Comics). Serie limitada de 10 números. 7 publicados.


Scott Snyder se ha convertido en uno de los activos más valiosos de DC Comics. Su “Batman”, dibujado por Greg Capullo, se aúpa mes sí y mes también a lo más alto de las listas de ventas norteamericanas; “American Vampire” es una de las cabeceras con mejor salud (y mejores críticas) del sello Vertigo, y su reciente etapa en “Swamp Thing” insufló bastante vida a un personaje que llevaba un rumbo incierto desde hacía muchos años (la sombra de -ahora sí- Alan Moore es alargada...) Pese a todo, supe que “The Wake” iba a ser mi trabajo favorito de Snyder desde que vi en internet la primera previa del número 1, apenas un puñado de páginas dibujadas por el excelente ilustrador (y también excelente guionista, como pudimos descubrir en “Punk Rock Jesus”) Sean Murphy, con quien Snyder ya había colaborado en la miniserie derivada de “American Vampire” titulada “Selección natural”.


“The Wake” conjuga la ciencia-ficción submarina al estilo “Abyss” con el folklore de diversas culturas, realizando saltos temporales entre el siglo XXI, la prehistoria y un futuro postapocalíptico a caballo entre “Waterworld” y “Xenozoic Tales” (o “Xenozoic”, o “Cadillacs & Dinosaurios”, o como sea que se llame esta semana). Un tebeo tan entretenido y bien dibujado que da pena que sea una maxiserie de 10 números y no una colección regular. O igual casi es mejor así y un trabajo tan estimable como éste no acaba perdiendo fuelle y teniendo que ser remendado por esos molestos dibujantes de relleno...

viernes, abril 04, 2014

El Capitán no tiene quien le escriba

Debo reconocer que en los últimos meses mi inicial entusiasmo hacia la fase 2 del gran proyecto cinematográfico de Marvel Studios se había enfriado bastante. Pese al buen sabor de boca dejado por “Iron Man 3”, la sensación de que todo lo que viniese a continuación iba a ser un mero trámite hasta el esperado regreso de Joss Whedon en “Los Vengadores: la era de Ultrón” se vio refrendada por el estreno de la decepcionante (muy decepcionante) “Thor: el mundo oscuro”. De ahí, supongo, que mis expectativas ante “Capitán América: el Soldado de Invierno” no fuesen especialmente altas. Tal vez, también, porque el personaje protagonista había quedado en un deslucido segundo plano durante su intervención en la primera aventura fílmica de los Héroes Más Poderosos de la Tierra, a la sombra del genio-millonario-filántropo-playboy encarnado por Robert Downey Jr.


“El Soldado de Invierno” se presentaba, a priori, como otra entrega de transición: una aventura menor dentro del marco global marvelita, centrada en un personaje carente del carisma arrollador de Tony Stark o del nutrido trasfondo mitológico del dios asgardiano. Por suerte, la tabula rasa a la que obligaba el nuevo estatus del supersoldado Steve Rogers, descongelado del hielo ártico tras 60 años de criopreservación, ha acabado jugando a favor de la franquicia.


Proveniente de un mundo en blanco y negro, donde las guerras aún se presumían justas y el espionaje no había alcanzado las cotas conspiranoides de la Guerra Fría, Rogers se encuentra absolutamente desubicado en el siglo XXI. La ambigüedad de sus compañeros de armas, superespías como Nick Furia o la Viuda Negra, choca frontalmente con el fair play del Capitán América hasta el punto de que el boy scout del escudo de vibranium estaría dispuesto a abandonar el servicio activo si tuviese alguna otra cosa que hacer en la vida. Pero Rogers es un soldado y, en realidad, nada más. La gente a la que quería, como su compañero caído Bucky Barnes o su amor de juventud Peggy Carter, no son más que recuerdos de un pasado remoto que para Steve queda, sin embargo, a un parpadeo de distancia. En la actualidad el Capitán América no es más que un instrumento al servicio de S.H.I.E.L.D. Y lo que S.H.I.E.L.D. quiere, para él y para el mundo, es un misterio que Rogers deberá desentrañar cuando uno de sus ¿aliados? lo implique directamente en una conspiración de alcance mundial.


Con estos mimbres, los realizadores hermanos Anthony y Joe Russo, curtidos en comedias televisivas como “Arrested development” o “Community” que a priori poco tienen que ver con el blockbuster super-heroico, despliegan un thriller de acción de escasa personalidad autoral (tal y como le gusta a Marvel Studios) pero terriblemente eficaz en términos de ritmo e intensidad. De hecho, posiblemente “El Soldado de Invierno” sea la cinta más compensada de toda la producción marvelita hasta la fecha, en tanto que aúna acción, intriga, descripción de personajes (la Viuda Negra por fin se percibe como algo más que una pin-up enfundada en cuero negro) y unas agradables notas de humor en un equilibrio casi perfecto, sin que ningún elemento se imponga sobre los demás (al contrario de lo que ocurría en las películas de Iron Man y Thor, convertidas a la postre en comedias salpicadas de escenas de acción). La nueva aventura en solitario del Capitán América no lo es tanto, pues el film se beneficia de una coralidad inesperada que da (literalmente) alas al conjunto, al fortalecerse los vínculos entre personajes ya conocidos e introducirse otros nuevos como Sam “El Halcón” Wilson (implicadísimo Anthony Mackie), Alexander Pierce (arrugado Robert Redford) o el super-agente soviético que da título a esta segunda entrega.


Gracias a esta ampliación del restringido microcosmos del Capitán, “El Soldado de Invierno” no pierde ni un ápice de interés cuando los personajes dejan de pegarse patadas y dispararse los unos a los otros: las réplicas de guión son ingeniosas, los (escasos) momentos introspectivos tienen una razón dramática justificada y las explicaciones que hacen avanzar la trama no se perciben como mero relleno entre explosión y explosión. De hecho, casi diría que su mayor pecado es el de caer en sus últimos compases en ese injustificado gusto por la destrucción masiva que “Los Vengadores” instauró como inevitable clímax final para toda película del subgénero que se precie. Mucho más convincentes me parecen el resto de secuencias de combate, a caballo entre la tactical espionage action de Hideo Kojima (el abordaje del Estrella de Lemuria es puro “Sons of Liberty”) y la pirotecnia con clase de las últimas misiones imposibles de Tom Cruise.


Ayuda, y mucho, que los guionistas hayan realizado un notable esfuerzo de inmersión en los últimos años de los tebeos Marvel, combinando elementos del universo clásico ó 616 (el trabajo de los guionistas Ed Brubaker y Jonathan Hickman, principalmente) con otros propios de la continuidad Ultimate, como el rediseño hi-tech del Halcón. Creo firmemente que “El Soldado de Invierno” es una gran adaptación, repleta de guiños al conocedor de los comics, pero pasada por el tamiz del cine de acción actual que le permitirá convencer a un público potencial que encontraría ridículos algunos de los elementos más pintorescos de la Edad de Plata. De ahí, por ejemplo, que el Batroc que aparece en el film tenga más en común con esos mercenarios hipertrofiados que John McClane suele despachar entre “yippie-kay-yay” y “yippie-kay-yay” que con el colorido villano enmascarado creado en los años 60 por Stan Lee y Jack Kirby. Es el sino de los tiempos.


Aunque “El Soldado de Invierno” no llega a los niveles de despiporre geek que en su momento alcanzó “Los Vengadores”, su tono más adulto, sus vibrantes secuencias de acción y su variado desarrollo la convierten en mi película preferida de Marvel Studios con un solo héroe en el título, consiguiendo reavivar mi interés en los futuros lanzamientos de la fase 2, a los que la primera escena post-créditos (hay dos) alude directamente.

miércoles, marzo 26, 2014

Hotel Anderson

“(...)
I got a good job
And I'm newly born
You should see me dressed up in my uniform
I work in a hotel, all gilt and flash
(...)”

“Bell Boy”, del doble álbum “Quadrophenia” de The Who.


A Wes Anderson le gustan los hoteles. En 2007 el cineasta texano estrenó el cortometraje “Hotel Chevalier” en el que uno de sus muchos actores fetiche, Jason Schwartzman, compartía habitación con una Natalie Portman prácticamente desnuda y, casi mejor, con el pelo cortísimo, a años luz de la recatada Reina Amidala de la ya-no-tan-nueva trilogía de “Star Wars”. El corto puede verse al completo en YouTube en este enlace, y en su día se proyectó en los cines justo antes de “Viaje a Darjeeling”, la película interpretada por Owen Wilson, Adrien Brody y el protagonista de “Bored to death” a la que servía de precuela.


En la última cinta de Anderson, “El gran hotel Budapest”, este amor por los uniformes, las suites con nombre de realeza y los suelos enmoquetados cobra vida en el lujoso establecimiento que da título al film, situado en la ficticia república europea de Zubrowka y regentado durante el período de entreguerras (siempre me ha gustado esta expresión; como si existiese algún período de la historia de la humanidad que no estuviese comprendido entre dos guerras) por Monsieur Gustave, conserje impetuoso y amante polígamo de acaudaladas viudas y solteronas. Enredado en una turbia trama de herencias millonarias y obras de arte robadas, el señor Gustave contará para su supervivencia con la inestimable ayuda de Zero, mozo en prácticas del Budapest al que ha tomado bajo su tutela y protección.


El guión de “El gran hotel Budapest”, firmado por el propio realizador, ofrece un curioso juego de narraciones en off dentro de narraciones en off, a modo de muñecas matrioskas, con cuatro líneas temporales distintas y otros tantos formatos de fotograma para diferenciarlas. El recurso sirve a Anderson para dedicar todo el film a la memoria del escritor Stefan Zweig, en cuyos trabajos se inspiran el ambiente y los caracteres de la película, y a quien el personaje interpretado por Tom Wilkinson y Jude Law (en distintas edades de su vida), lacónicamente identificado en los créditos como “El Autor” o “El Escritor”, alude de forma directa.


Siguiendo la tónica imperante en su filmografía, el director de “Moonrise Kingdom” cuenta una vez más con un elenco espectacular, en el que hasta el personaje más testimonial aparece en pantalla encarnado por un intérprete de prestigio. Echando un vistazo al elocuente cartel de la película, que recurre precisamente al impresionante reparto como principal gancho comercial, encontramos nombres tan relevantes como los de F. Murray Abraham, Mathieu Amalric, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Edward Norton, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Léa Seydoux (aquí tengo que enlazar, sí o sí, la reseña que escribí sobre "La vida de Adèle"), Owen Wilson o Bill Murray, además de los mentados Jude Law, Tom Wilkinson y Jason Schwartzman (que repite por enésima vez a las órdenes de Anderson).


Encabezando esta constelación artística están el joven Tony Revolori en su debut en la gran pantalla y el veterano Ralph Fiennes, prodigio británico tan capaz de adaptar apasionadamente a Shakespeare o de convertirse en el epicentro emocional de los mejores films de Stephen Daldry (“El lector”) y Fernando Meirelles (“El jardinero fiel”) como de hacerse un hueco entre los blockbusters de moda (la saga “Harry Potter” o las execrables “Furia de titanes” y su secuela) sin perder jamás eso que los franceses denominan “charme”. En “El gran hotel Budapest” Fiennes desata su vis cómica y compone uno de los mejores protagonistas andersonianos (ser director de culto otorga el derecho a tener un adjetivo propio), a la altura del Steve Zissou de “Life Aquatic” o del animado héroe animal de “Fantástico Sr. Fox”.


Más allá de la retahíla de implicados y de las innumerables conexiones con los antecedentes de su realizador (datos todos ellos que cualquier internauta puede recavar en las correspondientes fichas de IMDb o Wikipedia), resulta difícil hacer justicia en una reseña vocacionalmente breve (como ésta) al incesante despliegue de imaginación, talento y puro ingenio que se sucede ininterrumpidamente durante los fugaces 100 minutos en los que “El gran hotel Budapest” consigue mantener al espectador con una constante sonrisa dibujada en la cara, cuando no le arranca una sonora carcajada. Su genuino sabor aventurero, más presente aquí que en ninguna otra cinta previa del director, conecta además con los iconos del tebeo francobelga de un modo posiblemente inconsciente (Anderson afirma no haber leído nunca a Tintín), pasándolos por el tamiz de aquel Ernst Lubitsch capaz de reírse de los totalitarismos sin caer en el error de banalizarlos. Aunque hay que tener en cuenta, por supuesto, que el abajo firmante es un apologista confeso de Anderson, consciente pese a todo de que los infinitos travelings laterales, los encuadres meticulosamente simétricos, la estética vintage de colores estridentes, el delicioso gusto musical (apoyado aquí en el impecable trabajo compositivo de Alexandre Desplat) y el melancólico humorismo del director de “Academia Rushmore” no son plato del gusto de todos.


Hay que sumar a todo ello, en este caso concreto, que la sola idea de partida de “El gran hotel Budapest” ya supone para mí un poderoso aliciente extracinematográfico. Para un conserje y recepcionista de hotel como yo (de uno, además, particularmente lujoso y decimonónico), secuencias tan hilarantes como la dedicada a Les Clefs d'Or tienen un componente personal que seguramente encontrará indiferente a un espectador ajeno al gremio. Hay aspectos de la vida diaria en un hotel que la última película de Anderson refleja con brillantez, incluso bajo la óptica evidentemente distorsionada de la parodia. Viendo “El gran hotel Budapest” me he sentido como supongo que se sentirían Fernando Alonso ante “Rush” de Ron Howard o Juan Tamariz ante “El truco final” de Christopher Nolan (bueno, o algo así): profundamente involucrado. Identificado, incluso, pese al abismo que separa el frío y gris mundo real de las coloridas fantasías surgidas de la mente de uno de los cineastas más inclasificables (y sin embargo perfectamente reconocibles) de nuestros días.

Es una suerte que la vigente legislación hotelera permita en este caso plasmar mi veredicto de un modo tan visual:


martes, marzo 11, 2014

Los detectives salvajes

Superado el abismo técnico y presupuestario que hasta no hace tanto había diferenciado al cine de su hermano tonto catódico, la televisión ha conseguido ganarle definitvamente la partida a las salas de proyecciones liberándose de la limitación temporal. “The Wire” es una “French Connection” de 60 horas, “Los Soprano”, la edición más extendida de “Uno de los nuestros” que uno podría desear, y “Hermanos de sangre” la versión 2.0 más grande, más larga y sin cortes de la ya de por sí monumental “Salvar al soldado Ryan”. Es en esa capacidad para el desarrollo pleno de subtramas y personajes, en esa posibilidad de no dejar nada fuera de las dos fugaces o eternas horas (tres, si dirige Peter Jackson) que dura una película convencional, donde las series demuestran su auténtico potencial. El caso de “True Detective” no es ajeno a esto: su premisa inicial (pareja de policías persiguen a asesino en serie) recuerda inevitablemente a una tonelada de films estrenados en los últimos veinte años, siendo dos películas de David Fincher, “Seven” y “Zodiac”, las referencias que mejor describen el tono de la última propuesta de la HBO.


El punto de partida de “True Detective” no tiene nada de novedoso, pero sus casi ocho horas de desarrollo permiten una exploración de la psicología de sus protagonistas que supera con creces cualquier descripción de personajes vista previamente en el cine de psycho-killers. Hasta el punto, de hecho, de que lo menos interesante de la serie acaba siendo el caso policial que la vertebra: el alma de “True Detective” se encuentra en la complicada dinámica generada entre Rust Cohle y Marty Hart, dos investigadores tan incompatibles (por método policial y actitud vital) como puedan serlo el agua y el aceite, condenados a debatir durante 17 años, a un nivel casi metafísico, sobre los misterios de la vida y la muerte.


Hay en “True Detective” un constante trasfondo filosófico, a pesar de lo que al personaje de Hart, un hombre vulgar de apetitos muy vulgares, le gustaría. Su compañero, un obsesivo detective sin pelos en la lengua llamado “óxido” (Rust en inglés), padece un caso severo de nihilismo alucinatorio con tendencia a la conspiranoia, consecuencia de sus tragedias personales y de su controvertido currículum policial. Por mucho que haya un asesino en serie sembrando el terror por los pantanos de Luisiana, el sociópata más interesante de “True Detective” es sin duda el detective Rustin Cohle. A ello contribuye, sin duda, la lección interpretativa ofrecida por el hombre del momento en Hollywood, Matthew McConaughey. El último ganador del Oscar al mejor actor principal (por la estupenda “Dallas Buyers Club”) ha conseguido darle un giro insólito a su carrera en apenas dos años. De lucir palmito como tipo-guapo-genérico y protagonizar films tan banales y alimenticios como “Los fantasmas de mis ex-novias”, “Sahara” o “Como locos a por el oro” a sorprender en “Mud” y “Killer Joe” e incluso robarle la película (y no sólo la película) en apenas 5 minutos al Leonardo DiCaprio de “El lobo de Wall Street”. Su 2014 será redondo cuando el próximo noviembre lo veamos como cabeza de cartel en el presumible nuevo taquillazo (con halo de culto) de Christopher Nolan, “Interstellar”.


El trabajo de McConaughey en “True Detective” es superlativo, a un nivel reservado para monstruos televisivos de la talla de James Gandolfini, Ian McShane o, casi casi, Bryan Cranston. En frente está Woody Harrelson defendiendo con su habitual buen hacer a un personaje necesariamente menos jugoso pero igualmente importante para el show. De la antítesis entre uno y otro, a muchos niveles, nace la chispa que incendia “True Detective”, y eso es mérito de ambos actores y de un libreto, firmado por el creador de la serie Nic Pizzolatto, plagado de diálogos rotundos y silencios aún más rotundos. Más allá de un par de tópicos difícilmente eludibles en el thriller de psicópatas, la investigación policial que ejerce de leit motiv se estructura como un meticuloso puzzle de flashbacks y narraciones en off y ofrece interesantes giros de guión, pero sobre todo permite que el arco dramático de sus personajes los lleve de un estado mental y emocional al siguiente con pasmosa naturalidad. Constatación, una vez más, de que “True Detective” es, fundamentalmente y pese a todas sus demás virtudes, una serie de personajes (¿a alguien más le resulta imposible no pensar en “Lost” cuando escucha esta expresión?).


La tercera estrella Michelin la ponen la sobrecogedora puesta en escena y el trabajo de dirección, finísimo, llevado a cabo por el realizador Cary Joji Fukunaga. Quien haya visto la última versión de “Jane Eyre” protagonizada por Mia Wasikowska y Michel Fassbender no se sorprenderá al reconocer en “True Detective” la misma atmósfera opresiva y fantasmagórica que el director de ascendencia sueco-japonesa imprimía al clásico literario de Charlotte Brontë. Fotografiado en neblinosos tonos grises y frondosos verdes, el Bayou al que cantaba John Fogerty se revela como un perfecto enclave para el terror, plagado de charlatanes con alzacuellos y catetos de los pantanos de genealogía sospechosamente endogámica. Sólo faltan John Constantine con los rasgos de un joven Sting y la Cosa del Pantano dibujada por Stephen Bissete y John Totleben para que uno se sienta como en una relectura en clave neo-noir de la mítica saga de tebeos “American Gothic” de Alan Moore.


Fukunaga asume la realización de “True Detective” con la determinación de un trabajo 100% autoral, como si fuera la obra de su vida, sin la imposición de restricciones narrativas nacidas de un supuesto complejo de inferioridad catódico. La televisión del siglo XXI puede pensar a lo grande (ahí están “Juego de Tronos” o “Boardwalk Empire”, hablándole al cine de tú a tú), y no hay nada más grande en la historia del medio, a nivel estrictamente cinematográfico, que el descomunal plano secuencia con el que culmina el cuarto episodio de esta serie, digno de una superproducción de Joe Wright (“Expiación”) o Alfonso Cuarón (“Hijos de los hombres”, “Gravity”). Desde un punto de vista técnico, “True Detective” es otro clavo más en el ataúd del Séptimo Arte tal y como se había entendido hasta ahora. O quizás ya sea hora de admitir que la línea divisoria entre cine y televisión ha desaparecido para siempre y que, lo mismo que una novela puede tener 200 páginas o 1.000, las películas del futuro (las películas del presente, en realidad) tendrán por fin la libertad narrativa que ofrecen todos los medios de difusión a su alcance, ya sea un cortometraje subido a YouTube o Vimeo, un film de dos horas exhibido en las multisalas de un centro comercial o una historia de 500 minutos emitida directamente por cable y descargada, al día siguiente, al disco duro de millones de ordenadores en todo el mundo. Contradiciendo esa expresión coloquial tan melindrosa, las cosas más grandes ya no vienen necesariamente en frascos pequeños... aunque cosas tan ínfimas como un opening de minuto y medio puedan resultar tan evocadoras.


Casualmente la gran amenaza del éxito televisivo, la antinatural longevidad folletinesca de seriales como “Prison Break”, “Dexter” o la mentada “Lost”, es uno de los males a evitar por “True Detective”. Siguiendo el modelo antológico de “American Horror Story”, la creación de Pizzolatto (fogueado como guionista en otra serie con homicidio de trasfondo, “The Killing”), narrará en cada nueva temporada un caso distinto, protagonizado por personajes (y actores) diferentes, tratando de renovar en la medida de lo posible el factor sorpresa que ha hecho de esta primera entrega de “True Detective” uno de los fenómenos televisivos más arrolladores de los últimos años. El listón está ahora en los cielos, pero como espectador me produce una gran satisfacción tener la certeza de que futuros aciertos o desmanes de la HBO no podrán echar por tierra el resultado casi perfecto de estos ocho episodios que ya forman parte de la historia de la televisión. Y, por extensión, del cine como vehículo para contar historias.