jueves, julio 24, 2014

Scary Monsters (and Super Creeps)

En el ámbito de las cadenas estadounidenses de televisión por cable que ofrecen series de televisión para un público adulto, podríamos considerar a Showtime como la tercera en discordia por detrás de HBO (que actualmente emite títulos como “Juego de Tronos”, “Boardwalk Empire” y “True Detective”) y AMC (responsable de “Mad Men”, “The Walking Dead” y la recientemente finalizada “Breaking Bad”). En un momento dado, justo antes del gran despegue de AMC, parecía que Showtime podía convertirse en el gran relevo tras tantos años de hegemonía por parte de HBO: las primeras temporadas de “Weeds”, “Dexter” y “Californication” entraron con fuerza en las parrillas televisivas norteamericanas y en los hogares de un montón de teleadictos por descarga de todo el mundo, pero ninguna de estas series consiguió a la postre mantener el nivel prometido por sus primeras entregas. Tampoco la sobrevalorada “Homeland”, elevada a los altares catódicos en los Premios Emmy de 2012, logró cumplir con las expectativas generadas por una primera temporada repleta de agujeros de guión y caprichosos giros argumentales. Más allá de las desventuras conspiranoides de la agente de la CIA Carrie Mathison, el futuro de Showtime parece ahora marcado por dos producciones de nuevo cuño con perfiles bien distintos. La primera es “Ray Donovan”, una narración de género negro protagonizada por Liev Schreiber y Jon Voight que la semana pasada estrenó su segunda temporada. La otra es una de las grandes candidatas al podio del género de terror para este 2014, en pugna, presumiblemente, con “The Strain” y “American Horror Story: Freak Show”.


Se trata de “Penny Dreadful”, un pastiche de horror victoriano creado y escrito por John Logan, autor de los libretos de “Gladiator”, “El último samurai”, “El aviador” y “Skyfall”, en el que los iconos imaginados hace más de un siglo por Bram Stoker, Mary Shelley u Oscar Wilde son reinventados y situados en un universo compartido que remite inevitablemente al comic “The League of Extraordinary Gentlemen” de Alan Moore y Kevin O'Neill y, en menor medida, al “Van Helsing” dirigido por Stephen Sommers. Sin embargo, lo que en las viñetas de Moore y O'Neill es puro malabarismo enciclopédico, en “Penny Dreadful” sirve simplemente como base para un relato genérico sin grandes complicaciones metaficcionales: una historia de aventuras, acción y terror salpicada con referencias bastante asequibles para cualquier espectador que no haya estado en coma durante los últimos 50 años.


En el epicentro del relato, rodeado por los mismos monstruos que en su día la Hammer convirtió en franquicias fílmicas en blanco y negro, se encuentra el personaje de Vanessa Ives, una misteriosa médium encarnada por la hipnótica actriz Eva Green. La intérprete francesa, a quien pronto veremos en cines en la secuela (con polémica pezonil) del “Sin City” de Frank Miller y Robert Rodríguez y acompañando a Mads “Hannibal” Mikkelsen en el western danés The Salvation”,  ofrece en “Penny Dreadful” un auténtico recital dramático a través de un personaje complejo, cargado de matices y registros diferentes, logrando que la serie alcance sus picos de máximo interés cada vez que sus ojos azules asoman por la pantalla. Cuando su descubridor para el cine, el sátiro Bernardo Bertolucci, la describió como “tan bella que es indecente” se olvidó de aclarar que mi chica Bond favorita (en “Casino Royale”) es además una actriz espléndida.


Le acompaña, casualmente, el peor agente 007 que se recuerde (porque nadie recuerda a George Lazenby): Timothy Dalton, cuyo trabajo más memorable en los últimos 25 años ha sido prestar su voz al erizo Mr. Pricklepants en “Toy Story 3”. Josh Hartnett (actor discreto por quien siento simpatías a raíz de “El caso Slevin”), Harry Treadaway y el gran Rory Kinnear (en un rol muy alejado de aquel Primer Ministro británico al que daba vida en el primer episodio de “Black Mirror”) completan el reparto principal: un improvisado equipo de investigadores de lo paranormal reclutado para encontrar a una joven desaparecida que responde al nombre de Wilhelmina Murray. Resulta llamativo que sean precisamente los episodios más orientados hacia la búsqueda de la Srta. Murray, el primero y el último, los que rebajen mi entusiasmo hacia “Penny Dreadful”. Los seis capítulos que discurren entre uno y otro son tan entretenidos y disfrutan de un desarrollo de personajes tan interesante que uno lamenta que la trama (teóricamente) principal sea poco más que un enorme mcguffin para reunir a los extraordinarios caballeros de John Logan y dejar que sea la dinámica entre sus protagonistas la que realmente lleve la serie por otros derroteros.


No obstante, hay mucho más en “Penny Dreadful” para la alabanza que para el lamento: desde la exquisita puesta en escena, con Juan Antonio Bayona (“El orfanato”, “Lo imposible”) ejerciendo de maestro de ceremonias, hasta el elegante diseño de producción y los muy convincentes efectos especiales y de maquillaje, pasando por una banda sonora memorable a cargo de Abel Korzeniowski (con especial hincapié en el tema que acompaña a los créditos iniciales). En términos de producción, la serie de terror de Showtime juega en las ligas mayores, y cada centavo (o penique) invertido en su presupuesto luce magníficamente en pantalla. Habrá que ver si las buenas vibraciones transmitidas por esta primera temporada se corresponden el próximo año con una segunda entrega a la altura de las circunstancias. Yo, aunque sólo sea por ver de nuevo a Eva Green en uno de los mejores papeles de su carrera, la estaré esperando con ganas.

lunes, julio 21, 2014

Monkey gone to heaven

Pese a mi reticencia habitual hacia los remakes, reboots y precuelas oportunistas de sagas cinematográficas con solera, "El origen del Planeta de los Simios" me sorprendió en 2011 de muy grata forma: al contrario que el despropósito pergeñado por Tim Burton diez años antes, la cinta dirigida por el prácticamente desconocido Rupert Wyatt no sólo atesoraba un apartado visual magnífico, apoyado en uno de los mejores ejemplos de motion capture que se recuerden, sino que se erigía sobre un guión sólido, plagado de personajes carismáticos con motivaciones creíbles... o al menos todo lo creíbles que pueden ser las motivaciones de un chimpancé super-inteligente dispuesto a rebelarse contra el homo sapiens para romper las cadenas (metafóricas y literales) que mantenían en cautividad a sus peludos hermanos primates. "El origen del Planeta de los Simios" era una película de ciencia-ficción con trasfondo ecologista que uno podía tomarse en serio, capaz de remover las emociones del espectador y conseguir que empatizásemos precisamente con el elemento extraño de la narración: frente a la crueldad del ser humano, resultaba inevitable alinearse con el bando de los simios oprimidos y disfrutar enormemente de su odisea hacia la libertad.


Dado el éxito comercial del film y su obvia condición de punto de arranque para una nueva saga, tres años después nos encontramos en las carteleras con su secuela directa, "El amanecer del Planeta de los Simios". En ella el realizador Matt Reeves, conocido por su trabajo en "Cloverfield" (el título de esta película en castellano sí que es realmente "monstruoso") y en el remake norteamericano de "Déjame entrar", retoma la historia del libertador Caesar varios años después de los hechos narrados en la entrega anterior. Mientras la raza humana está al borde de la extinción a causa de una plaga vírica derivada de la investigación con animales, la tribu de Caesar vive pacíficamente en los frondosos bosques del área de San Francisco, ajena al apocalítptico porvenir de los hombres. La llegada de un grupo de exploradores humanos a los dominios de los simios obligará a ambas sociedades a establecer un frágil plan de convivencia envenenado desde el principio por la desconfianza mutua.


Aún sin desviarse demasiado de los principios que llevaron al éxito a su antecesora, "El amanecer del Planeta de los Simios" supera a aquélla en todos los aspectos. Desde lo puramente técnico, perfeccionando las herramientas que permiten exportar los movimientos y gestos faciales del especialista Andy Serkis a la anatomía simiesca de Caesar, hasta la cuidada planificación visual llevada a cabo por Reeves, con algunas soluciones narrativas realmente inspiradas (como el movimiento circular de la cámara sobre la ametralladora de un tanque o el plano secuencia con que se resuelve la infiltración del héroe humano en el campamento de San Francisco). Salvo en el caso de Gary Oldman, secundario camaleónico que aporta empaque y galones a cualquier reparto, el estudio ha tomado la decisión más lógica y económica: relegar los papeles humanos a intérpretes poco conocidos, como el cumplidor Jason Clarke, dejando que la atención recaiga en los auténticos protagonistas de la función.


El director neoyorkino (co-creador de la teleserie "Felicity", a cuya protagonista Keri Russell repesca aquí en un rol de mediana importancia) se toma su tiempo para presentar la sociedad de los simios y el destacado papel que Caesar juega en ella. Desde el prodigioso arranque, deudor tanto del segmento prehistórico de "2001: una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick como de los apuntes pseudo-documentales del "Apocalypto" de Mel Gibson, la identificación del espectador con el primate protagonista es total. La intromisión en este atávico equilibrio de un elemento tan poderoso como el miedo al otro (el ser humano, en este caso, aunque es inevitable sustraer de todo esto una lectura geopolítica tristemente actual) pondrá en jaque los principios elementales en que se sustenta la civilización simia. El desmoronamiento del reino de Caesar es un reflejo (simplificado, sí, pero dolorosamente obvio) del devenir intrínseco a toda sociedad humana; una alegoría animal tan contundente como lo fue en su momento la sublevación agraria de George Orwell. Al igual que en el clásico literario de 1945, "Rebelión en la granja", la evolución social de los animales protagonistas los acerca inexorablemente a posturas peligrosamente humanas. El mensaje no podría ser más pesimista: una creciente complejidad socio-política genera luchas de poder y derramamiento de sangre. Cuando dos culturas, dos ideologías, dos pueblos coinciden en el mismo palmo de tierra, la respuesta instintiva, el impulso más básico, es aplastar al otro. Morir, matar y morir matando.


Aunque este planteamiento no es en absoluto novedoso, la forma en que se articula desde el punto de vista dramático me parece ejemplar. Todos los personajes implicados en "El amanecer del Planeta de los Simios" tienen razones de peso para actuar del modo en que lo hacen. Su progresión es tan lógica como, en realidad, humana. Incluso el gran villano de la función tiene sus motivos, perfectamente comprensibles, para tomar las decisiones que desembocarán en el clímax final de la cinta: una batalla urbana espléndidamente coreografiada que en ningún momento antepone los alardes pirotécnicos al interés emocional del relato. No se puede afirmar que la cinta firmada por Reeves sea precisamente cine de autor, pero sin duda es bastante más contenida, reflexiva y conmovedora que el típico blockbuster hipervitaminado de la temporada estival. Valorándola además como secuela, "El amanecer del Planeta de los Simios" entra por méritos propios en la selecta categoría de segundas partes que expanden, enriquecen y superan a sus predecesoras, en la liga de hitos como "El imperio contraataca", "El mito de Bourne" o "El caballero oscuro".


De forma absolutamente coherente, el final de la película deja una puerta abierta a una tercera entrega que aterrizará en las salas (si todo va bien) en dos o tres años, y el nombre de Matt Reeves aparece de nuevo vinculado al proyecto desde sus primeras fases creativas. Si éste es el camino a seguir, por mí como si continúan haciendo películas del Planeta de los Simios hasta que conozcamos a las tataranietos de Caesar.

sábado, julio 05, 2014

Colaboraciones con ECC Ediciones: "Astro City: Victoria" y "Trillium"

ECC Ediciones, propietaria de los derechos de publicación de los tebeos de DC Comics en España, acaba de comunicar a través de su web oficial su listado de novedades para el mes de septiembre. En él se incluyen dos títulos en los que colabora un servidor, redactando en ambos casos epílogo y contraportada. Por un lado aparece el segundo recopilatorio del relanzamiento de "Astro City", la serie con la que Kurt Busiek, Alex Ross y Brent Anderson recuperan el sentido de la maravilla de la Silver Age en historias super-heroicas que van de lo cósmico a lo intimista.


Por el otro, Jeff Lemire entrega en "Trillium" su mejor trabajo como autor completo. Reconozco que no sabía demasiado sobre la trayectoria de Lemire hasta que tuve que hacer los deberes para esta colaboración con ECC, pero títulos como "Sweet Tooth" y "The underwater welder" (desgraciadamente inéditos en España) me convirtieron en un apologista convencido del canadiense. Con "Trillium", sin embargo, el autor da un salto de gigante tanto a nivel argumental como, sobre todo, narrativo, y aunque no me gusta dar excesivo bombo a los tebeos en los que colaboro (tal vez porque me da pudor, o porque temo que suene a publicidad engañosa), éste es uno de esos casos, como lo fueron en el pasado "Scalped: el final de la senda" o "Punk Rock Jesus", en los que mi entusiasmo le gana la partida a dichos reparos. "Trillium" es uno de mis candidatos fijos para el futurible Top 10 comiquero del 2014, y estoy seguro de que también lo será para mucha más gente.


viernes, junio 20, 2014

Arquetipos con sombrero y pistola

Por mucho que uno intente estar al día de todos los tebeos que se publican en España (aunque luego acabe picoteando sólo de una parte mínima), es inevitable que entre la marea de publicaciones mensuales más de una novedad interesante se escape por debajo del radar. Desde luego, a mí se me habría pasado por alto el brillante debut en nuestro país de la serie francesa “Tyler Cross” si no llega a regalármelo sin previo aviso J. (mayúscula). Sospecho que el tebeo escrito por Fabien Nury (del que hasta ahora sólo había leído los álbumes publicados por Norma de la interesantísima “Yo soy legión”) y dibujado por Brüno (a quien no conocía en absoluto) dará bastante que hablar entre los comentaristas y recomendadores habituales de las webs de comics, o al menos así debería ser, pero lo cierto es que yo no tenía ni idea de su existencia hasta que mi hermano me lo entregó envuelto en papel de regalo el pasado fin de semana.


“Río Bravo”, primer álbum de la colección, fue publicado en abril por Dibbuks en una excelente edición en tapa dura, y supone la presentación de un anti-héroe de serie negra muy en la línea del Parker de Richard Stark: un bastardo de sangre fría y mandíbula cuadrada metido en problemas con los cárteles mexicanos y la mafia italiana, víctima de traiciones por parte de sus supuestos aliados y objeto romántico (a su pesar, o tal vez no) de sensuales mujeres de dudosas intenciones. Un arquetipo, en fin, situado en el epicentro de una trama no menos arquetípica, a caballo entre el western y el hard boiled, que dedica sus 90 páginas a pulsar sin descanso los resortes de ambos géneros. Tanto es así que los propios Nury y Brüno incluyen en el libro unas notas finales en las que desvelan, sin asomo de vergüenza, de dónde han salido muchas de las influencias tomadas para dar forma a la narración: “Más allá de Río Grande”, “El último refugio”, “La Dalia Negra”, “La huida”, “Los profesionales”, “Grupo salvaje”, la Trilogía del Dólar de Sergio Leone...


El dibujo de Brüno, una curiosa simbiosis entre el estilo cartoon de Michael Avon Oeming y el trazo indie (término un tanto impreciso, lo sé) de Seth, puede parecer esquemático o poco trabajado en un primer acercamiento, pero a la larga se revela como uno de los mayores atractivos de “Tyler Cross”. Sus diseños de personajes son certeros en su simplicidad y su puesta en página es elegante y diáfana. Una herramienta narrativa idónea para la historia y el tono planteados por Nury, que parece sentirse muy cómodo escribiendo el argumento que su compatriota plasmará luego en viñetas sobre el papel.



Hay ciertos comics que, mientras uno los lee, inevitablemente siente el disfrute con el que sus autores los han ido construyendo. A veces esa diversión se percibe como algo ajeno, un juego privado entre guionista y dibujante en el que uno no consigue involucrarse. En otras ocasiones (las mejores), el equipo creativo consigue transmitir ese sentido lúdico al lector y hacerlo partícipe del disfrute. “Tyler Cross: Río Bravo” es un buen ejemplo de esto último. Ni su absoluta falta de originalidad, ni su narrativa convencional, sin grandes alardes narrativos, consiguen empañar el hecho de encontrarnos ante un comic divertidísimo, que se coge con curiosidad desde la primera página y no se suelta ni a tiros hasta la última. Y tiros, os lo aseguro, hay muchos.


lunes, junio 16, 2014

El factor Cruise

No sabéis la manía que le tengo a Tom Cruise.

No porque sea mal actor, porque creo que algunos directores (Oliver Stone, Paul Thomas Anderson, Michael Mann, Ben Stiller...) han sabido sacarle mucho partido en determinadas películas. Tampoco por su impúdica forma de airear su vida personal en los medios de comunicación, normalmente buscando la polémica y cayendo en el ridículo. Ni siquiera por haberse proclamado mesías de la Iglesia de la Cienciología, una secta (o religión, o lo que sea) tan ridícula, a priori, como cualquier otra secta o religión que yo conozca. Lo que realmente me fastidia de Tom Cruise es que su sola presencia en una película le resta potencial. Es un caso muy similar al de Will Smith, otra superestrella a la que le hacen las cintas a medida, cargándose por el camino la posibilidad de que títulos como “Yo, robot”, “Soy leyenda” o “Hancock” llevasen hasta sus últimas consecuencias sus buenas intenciones iniciales. Hay excepciones, claro, pero si uno repasa la carrera más o menos reciente de Cruise (desde, pongamos, el año 2000) se encontrará con un puñado de películas que acabaron siendo menos de lo que podrían haber sido precisamente por ese elemento autolimitante: el factor Cruise.


Un buen ejemplo de ello es “Al filo del mañana” (buena traducción, para mi sorpresa, del “Edge of tomorrow” inglés), última cinta protagonizada por el actor estadounidense y realizada por el irregular Doug Liman, capaz de dirigir films muy interesantes (“El caso Bourne”) y bodrios de difícil digestión (“Sr. y Sra. Smith”, “Jumper”). La película está basada en la novela “All you need is kill” del escritor japonés Hiroshi Sakurazaka, adaptada también al manga en colaboración con los ilustradores Ryosuke Takeuchi, Yoshitoshi Abe y Takeshi Obata (al que muchos asociarán con títulos como “Death Note” o “Bakuman”), y nos sitúa en un futuro cercano en el que la humanidad libra una guerra desesperada contra un ejército alienígena dispuesto, cómo no, a eliminarnos y hacerse con el control del planeta. En este contexto Cruise encarna al Mayor William Cage, burócrata del ejército de los Estados Unidos sin experiencia en combate real y dedicado a labores propagandísticas con el fin de reclutar soldados para las filas de la resistencia. Por razones que no quedan del todo claras, este ex-publicista egoísta y cobarde termina formando parte de la última ofensiva de la alianza internacional humana contra las fuerzas invasoras: una suerte de desembarco de Normandía reescrito según los códigos estéticos y narrativos de videojuegos como “Gears of War” o “Killzone”. Como era de esperar, el inexperto Mayor Cage muere durante la batalla, pero sólo para despertar, sorprendentemente, justo durante la jornada anterior al día D, iniciándose así una dinámica de muertes y resurrecciones con ecos evidentes de “Atrapado en el tiempo” de Harold Ramis que obliga al protagonista a revivir las mismas 24 horas en un bucle aparentemente infinito. La clave para romper este ciclo recurrente y de paso garantizar la supervivencia de la humanidad residirá en la aguerrida Sargento Rita Vrataski, interpretada por una Emily Blunt que parece haberle cogido gusto a la ciencia-ficción tras las positivas experiencias de “Destino oculto” y “Looper”.


“Al filo del mañana” es una película de acción y fantasía sumamente entretenida, dirigida con solvencia por Liman, protagonizada por dos personajes carismáticos y aderezada con un sanísimo sentido del humor que la libera de la grandilocuencia y pomposidad de muchas otras propuestas del ramo que se toman demasiado en serio a sí mismas. Es verdad que su guión contiene lagunas narrativas y pequeños errores de coherencia interna (casi tantos como “X-Men: Días del futuro pasado”), pero como revientataquillas primaveral el film cumple sobradamente con las cuotas de espectacularidad, desenfreno y risas que uno puede exigirle a un producto de estas características. Yo me lo he pasado muy bien viéndolo y no he mirado el reloj ni una sola vez durante sus casi dos horas de metraje.


Pero también es igualmente cierto que “Al filo del mañana” es una película protagonizada por Tom Cruise, y que eso la condena a ser, en última instancia, mucho menos de lo que sin duda podría haber sido. El error de casting es evidente desde la primera escena del film: por mucho que el libreto se empeñe en presentarnos a Cage como un cobarde sin experiencia militar, el rostro de Cruise, al que irremediablemente asociamos con los Maverick, Ethan Hunt, Claus Von Stauffenberg y Nathan Algren que el de Syracuse lleva toda la vida interpretando, nos dice exactamente lo contrario. La presencia de Cruise en una cinta es en sí misma un spoiler. Más o menos como la de Sean Bean, aunque por razones bien distintas. La gracia de “Al filo del mañana” reside en ver cómo Cage pasa “de cero a héroe”, que dirían las Musas de Disney, y eso sólo tiene sentido si uno duda de las posibilidades heroicas iniciales del personaje, como ocurría en la estupenda “Distrito 9” de Neill Blomkamp. Por desgracia, sólo puedo imaginarme cuánto habría ganado la película si el protagonismo hubiese recaído en un actor al que pudiera creerme de entrada como carne de cañón. Alguien como Simon Pegg, Elijah Wood u, ojalá, Joseph Gordon-Levitt. Por supuesto, sin Cruise en los créditos el presupuesto de producción se reduciría en un 70%, las previsiones de recaudación caerían en picado y el estudio posiblemente hubiese preferido gastarse los millones en estrenar cuatro nuevas comedias de Adam Sandler en lugar de regalarnos una película de ciencia-ficción con halo de culto.


El otro elemento limitado por el factor Cruise es el uso de la violencia. Ahí, de nuevo, “Al filo del mañana” se revela tan conservadora y políticamente correcta como su casting. En manos de un director con redaños (Paul Verhoeven hubiera sido mi candidato ideal, pero Edgar Wright, Joe Cornish, Bong Joon-ho, Drew Goddard o el mentado Blomkamp también me parecerían grandes opciones) el film hubiera sido un despiporre gore con calificación R. Es lo que la historia pedía, desde luego, con un protagonista que muere innumerables veces en una batalla a caballo entre la Segunda Guerra Mundial y una partida de “Warhammer 40.000”. Que las muchas muertes de Cruise no salpiquen ni una mísera gota de sangre a cámara le resta parte del encanto a su planteamiento, y convierte un proyecto de ci-fi macarra para mayores de 18 años en un blockbuster funcional para toda la familia.


Lo que nos queda, al final, es una buena película de acción y FX que renuncia a todo su potencial para amoldarse al perfil de su celebridad protagonista, a las ambiciones de sus productores y a la triste lógica mercantil de la industria cinematográfica. Un “pudo haber sido y no fue” que no duele tanto como otros, pero que le deja a uno soñando con una película más valiente y atrevida que podría haber pasado a los anales de la historia del género.

No sabes qué manía te tengo, Tom Cruise.

lunes, junio 09, 2014

Todas las fiestas mutantes del mañana

Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que la etapa más determinante en la larga historia editorial de los mutantes de Marvel Comics estuvo protagonizada por el guionista Chris Claremont y los dibujantes Dave Cockrum y John Byrne, a la postre co-argumentista, entre 1975 y 1981. El canto del cisne de Byrne en la colección fue un arco argumental de dos números (“Uncanny X-Men” 141 y 142), considerado actualmente por el fandom como una de las mejores historias de la Patrulla X jamás contadas. En esta aventura, titulada “Días del futuro pasado”, el lector viajaba al (por aquel entonces) lejano futuro del año 2013, en el que el Homo superior había sufrido su propio Holocausto a manos de su prejuicioso hermano sapiens. Este distópico porvenir en el que los supervivientes a las purgas eran perseguidos por gigantes robóticos conocidos como Centinelas tenía su origen en la radical reacción antimutante iniciada en 1980 tras el asesinato del senador de los EE.UU. Robert Kelly a manos de la Hermandad de los Mutantes Diabólicos. Para evitar la cadena de acontecimientos que conducirían al genocidio, un grupo de rebeldes liderado por Magneto (confinado, irónicamente, a una silla de ruedas) proyectaría hacia el pasado la consciencia de una Kitty Pryde adulta, que tomaría el control de su cuerpo adolescente y advertiría a los X-Men de los años 80 del oscuro futuro que les aguardaba tras la muerte del senador Kelly.


Tomando esta premisa como base argumental, el realizador Bryan Singer, artífice de las dos primeras entregas de la franquicia cinematográfica que adapta las aventuras de los mutantes, ha hecho converger la línea temporal de la trilogía inicial (“X-Men”, “X-2” y “X-Men: la decisión final”) y de los spin-ofs protagonizados por Lobezno (“X-Men. Orígenes: Lobezno” y “Lobezno Inmortal”) con la del inteligente reboot orquestado por Matthew Vaughn en “X-Men: Primera generación”. Así, “Días del futuro pasado” supone un sofisticado ejercicio de retro-continuidad en el que el espectador se reencontrará con la gran mayoría de personajes (e intérpretes) que han pasado por la saga en los últimos 14 años, muchos de ellos en sus versiones pasada y futura. La maniobra recuerda en cierto modo a la estrategia de reseteo propuesta por J. J. Abrams en su primer acercamiento a “Star Trek”, y además de funcionar como lógica segunda entrega de las aventuras de la Patrulla-X junior (James McAvoy, Jennifer Lawrence, Michael Fassbender,...) podría servir tanto para revitalizar a la Patrulla-X senior (Hugh Jackman, Patrick Stewart, Halle Berry,...) como para darle a su trayectoria fílmica un cierre más digno que el propuesto por Brett Ratner en la olvidable “La decisión final”.


Además de la lógica argumental, existe una lógica mercadotécnica que ha obligado a realizar algunos cambios sustanciales en el argumento original ideado por Chris Claremont y John Byrne, siendo ahora Lobezno el mutante escogido por los rebeldes del futuro para viajar a la Norteamérica de la década de los 70 y así impedir el atentado contra la vida del Dr. Bolivar Trask, aquí en una versión acondroplásica encarnada por Peter -Tyrion Lannister- Dinklage. Pese a todo, la presencia de Hugh Jackman en el film es menos prominente de lo que un servidor a priori suponía, recayendo casi todo el peso dramático en el triángulo formado por los jóvenes Charles Xavier (McAvoy), Mística (Lawrence) y Magneto (Fassbender). De lo cual me alegro.


La polémica utilización de Peter Maximoff (a.k.a. Mercurio) por parte de Singer, cuando el personaje ya había sido reclamado por Joss Whedon para la próxima entrega de “Los Vengadores” (que, recordemos, pertenece a Marvel Studios mientras que la franquicia X está en manos de la Fox), se salda muy positivamente gracias a la traviesa reinvención post-hippie del velocista, que acapara algunos de los momentos más divertidos del film (por mucho que alguno de ellos se pase por el arco del triunfo las más elementales leyes físicas sobre la propagación del sonido).


Hay muchas licencias llamativas en “Días del futuro pasado”: poderes mutantes que aparecen de la nada, personajes cuyas versiones pasada y futura se contradicen, paradojas temporales que harán que los más intransigentes aficionados a la ciencia-ficción pongan el grito en el cielo... Varias de estas (oportunistas) lagunas tienen mucho que ver con la endeble coherencia interna demostrada por la saga desde un buen principio, pero otras son fruto del capricho de Singer y de su guionista Simon Kinberg, responsable de joyas como “xXx 2”, “Jumper” o el primer “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie.


Sin embargo, si uno consigue ver más allá de estos pequeños inconvenientes, lo que encontrará en “Días del futuro pasado” es una cinta de acción y aventuras pletórica de ritmo y sentido del humor, con personajes que sobrepasan con creces el cliché del cine super-heroico y algunas pinceladas de épica que aportan la necesaria intensidad dramática a sus compases finales. Es cierto que los efectos especiales resultan simplemente correctos para un film cuyo presupuesto se estima en 200 millones de dólares, pero las escenas de acción están tan bien resueltas y, sobre todo, perfectamente justificadas, que pocos peros se le pueden poner a “Días del futuro pasado” como blockbuster palomitero. Además, dada la cantidad de personajes y subtramas que desfilan por la pantalla, resulta casi milagroso que Singer haya conseguido mantener el metraje final en unos muy ajustados 130 minutos que se pasan volando y que, estoy convencido, en otras manos habrían ascendido perfectamente hasta unos megalomaníacos 150 ó 160.


“Días del futuro pasado” supone un compendio casi perfecto de lo que la saga mutante ha dado de sí en la gran pantalla, aunando las virtudes de las que hasta ahora habían sido las mejores cintas de la franquicia (“X-2” y “Primera generación”) con algunas de las incoherencias argumentales heredadas de las peores (“La decisión final” y “Orígenes: Lobezno”). Una carambola narrativa no apta para neófitos que sin embargo resultará muy gratificante para los que llevamos siguiendo a estos personajes desde hace años, tanto en las viñetas como en la gran pantalla. Por lo que a mí respecta, el regreso de Bryan Singer al universo X ha sido un éxito rotundo. Esperemos que la próxima entrega de la saga, cuyas intenciones quedan desveladas en la inevitable escena post-créditos, mantenga el altísimo nivel de estos “Días del futuro pasado”.

miércoles, junio 04, 2014

Did he say "justice"?

Como en tantas otras ocasiones, y muchas más que vendrán, cada vez que paso cerca de una tienda de comics me veo impelido irremediablemente a entrar y echar un vistazo. Lo cual es una malísima idea, porque el 90% de las veces acabo llevándome a casa algún tebeo que en realidad no entraba dentro de mis gastos planeados para ese mes. Pero así soy yo, un ociópata irredento y un comprador compulsivo de celulosa pintarrajeada. Una parte importante del tiempo que paso en el interior de las tiendas de comics lo dedico a hojear publicaciones que sé que no me voy a comprar. A veces se trata sólo de comprobar si Jim Lee sigue dibujando igual de mal, pese a que el fandom continúe inexplicablemente postrado a sus pies, o si ese manga con portada genérica de muchacha con ubres generosas es otro ejemplo de erotismo soft con nulo sentido de la puesta en página. Es un gesto casi mecánico, como el de quien hojea el “Hola” en la peluquería, por poco que le interese el nuevo romance de la prima segunda por parte de padre de ese torero tan bien parecido que hace diez años que no pisa la arena de una plaza. Otras veces, sin embargo, lo que me interesa es comprobar cómo una editorial ha vuelto a publicar un material que ya tengo: echarle un ojo a la enésima edición definitiva de “Dragon Ball”, al color ultra-saturado de la nueva recopilación de “La Cosa del Pantano” de Alan Moore o, y aquí es donde quería llegar desde un buen principio, a la reciente reedición en rústica de “Planetary” por parte de ECC Ediciones.


Me encanta “Planetary”. Es uno de mis tebeos favoritos de la última década. Empecé a coleccionarlo en la edición mensual en grapa, a la postre incompleta, que Planeta de Agostini lanzó hace un montón de años. No fue hasta mucho después que conseguí leerla entera en la edición en dos tomos de tapa dura publicados por Norma en algún momento entre 2009 y 2010. Poco después la misma editorial sacó un tochal enorme, tanto por dimensiones como por número de páginas, recopilando la obra completa de Warren Ellis y John Cassaday. Y ahora ECC vuelve a ofrecernos las fascinantes aventuras de Elijah Snow, Jakita Wagner y The Drummer en una edición más económica que constará, si todo va bien, de 5 tomitos en tapas blandas. Si aún no has leído este tebeo no sé a qué estás esperando.

Mi interés al hojear en la tienda esta nueva presentación de “Planetary” en castellano tenía un objetivo muy concreto: descubrir qué se había hecho con la última página del tercer episodio de la colección. Esta página, concretamente (aquí en su versión original en inglés):


¿De dónde proviene mi fijación con esta plancha en particular?



En la primera edición, la de Planeta, la traducción de las últimas líneas de diálogo era algo así como (no tengo los tebeos delante así que cito de memoria):

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. Sólo nosotros.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. Sólo nosotros.

En efecto, es una traducción literal del texto en inglés, indudablemente correcta y que mantiene el sentido dramático del original. El problema es que el original juega con el parecido fonético entre las expresiones “justice” y “just us”, lo cual explica la confusión de The Drummer y el hecho de que Snow tenga que corregirle. La edición de Planeta se limitaba a traducir los diálogos al pie de la letra sin explicar este juego de palabras, con lo cual el lector español se quedaba un poco extrañado con ese final tan críptico. Yo tardé un tiempo (y numerosas relecturas) en darme cuenta de por dónde iban los tiros y, cuando por fin me percaté del juego de palabras propuesto por Ellis, aquella historia de “Planetary” subió un par de escalones en mi ranking de números favoritos de la colección.

La edición por parte de Norma era un poco más imaginativa en cuanto a la traducción del diálogo en cuestión. De nuevo cito de memoria:

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. Sólo los otros.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. Sólo los otros.

¿“Sólo los otros”? ¿Y esto qué se supone que significa? ¿Acaso el traductor estaba enganchado a “Lost” por esas fechas y decidió que era una buena ocasión para hacerle un guiño a la serie de J.J Abrams y Damon Lindelof? Una vez más, el final del tebeo no acaba de encajar y el lector español se queda con la sensación de haberse perdido algo. “¿Qué le pasa a The Drummer, pensaría más de uno, “está medio sordo o es que es directamente lelo?

Finalmente llegamos a la reciente edición de ECC, la que hojeé esta semana en la tienda. Y el resultado, me temo, no es mucho mejor:

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. No hay noticia.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. No hay noticia.

Aquí se prima la importancia del juego de palabras por encima del sentido original del diálogo, buscando el parecido fonético entre “justicia” y otra expresión que se le asemeje. La ganadora ha sido “no hay noticia”, pero podría haber sido “malicia”, “Doña Letizia”, o, qué sé yo, “Oscar Dertycia”.

Tres traducciones distintas y ninguna consigue que el lector español se entere de que ahí, en efecto, hay un mensaje nihilista envuelto en un juego de palabras perfectamente comprensible en su idioma original. Puestos a elegir me quedo con la versión de Planeta, porque al menos respeta el guión escrito en inglés por Ellis, pero ninguna me convence, y las dos últimas directamente me horrorizan. Ante lo cual yo me pregunto: ¿tanto costaba hacer una llamada con un asterisco y poner una nota a pie de página explicando de dónde proviene realmente ese diálogo? Es algo que lleva haciéndose desde hace décadas y, que yo sepa, nunca ha estorbado a la hora de leer un tebeo. De hecho, se agradece contar con esa clase de información cuando se lee algo en un idioma que no es el original.


Es una pena que las dos ediciones que poseo de “V de Vendetta” se encuentren en casa de mis padres, en Galicia, a 600 km. de donde vivo ahora, y que no haya podido encontrar en internet ningún escaneo de la versión publicada por Norma Editorial. Recuerdo que en ella, debajo de estas viñetas había una nota con el diálogo original de V en inglés, explicando además que los versos que recita pertenecían a la canción “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones. Algo que se pasaba por alto en la edición de Zinco, que además los traducía como le salía del bálano:


Este desliz, por cierto, sí está solventado en la edición Absolute publicada por Planeta (acabo de hojearla, es la que tiene mi novia en la estantería de casa), obviando la expresión original en inglés pero añadiendo a pie de página, asterisco mediante: “Nota del traductor: V cita los primeros versos de Simpathy for the devil, de los Rolling Stones” (le ha bailado una y en el título de la canción, pero al menos le ha acreditado el texto a sus legítimos autores). Lo que no sé es si la última versión a cargo de ECC, en rústica y a tamaño comic-book, también se hace eco de la autoría de estos satánicos versos. Lo comprobaré la próxima vez que pise una tienda de comics.

Volviendo a la página de marras: la conclusión evidente es que no habrá de momento edición canónica de “Planetary” en castellano. Que sí, que es una menudencia, pero es la clase de menudencia que hace que uno se pregunte a qué juegan exactamente los traductores y editores de tebeos de nuestro país, justificando después algunos precios de sus publicaciones con el argumento de que, entre otras muchas tareas, la traducción del inglés al castellano tiene un coste que encarece el producto final. Para traducir las cosas así yo me quedo con las ediciones USAmericanas; al menos en ellas los personajes respetan el diálogo que el guionista les ha escrito. Yo al menos tengo la suerte de defenderme más o menos bien en la lengua de Shakespeare; no como para leer a James Joyce, pero sí para enterarme de lo que pasa en la mayoría de comics que se publican mensualmente en Estados Unidos... si exceptuamos a guionistas como Dave Sim o Grant Morrison. El problema realmente gordo lo tienen aquellos lectores españoles a los que les cuesta más el idioma extranjero. Esos, me temo, seguirán sin saber qué decía exactamente el atormentado fantasma del policía hongkonés Shek Chi-Wai en una de las mejores series que el comic de super-héroes ha dado en lo que va de siglo.

lunes, junio 02, 2014

Of wolf and man

Homo homini lupus”

Tito Macio Plauto


Yo por mi hija mato”

Belén Esteban Menéndez


Publicitada como “la mejor película del año según Quentin Tarantino, la cinta israelí “Big Bad Wolves” llega a las carteleras españolas siete meses después de su proyección en el Festival de Sitges, y lo hace generando controversia entre la crítica especializada y prometiendo emociones fuertes y una factura técnica de altos vuelos. Su argumento sigue a Miki, un detective de homicidios de métodos expeditivos convencido de que Dror, un profesor de secundaria, es el responsable de los secuestros, torturas y asesinatos de varias niñas. Apartado del cuerpo policial por sus actuaciones irregulares, Miki decide saltarse todas las normas e interrogar a Dror de forma extraprofesional. Inesperadamente, el padre de la última niña asesinada entrará en escena para tomarse la justicia por su mano y llevar los planes de Miki aún más lejos de lo que éste habría podido imaginar.


La sinopsis de “Big Bad Wolves” recuerda inevitablemente a títulos como “Prisioneros” (el padre vengativo que secuestra al principal sospechoso de la desaparición de su hija), “Hard Candy” (la tortura a un supuesto pedófilo) e incluso “La caza” de Thomas Vinterberg (el profesor acusado de pederastia que sufre el rechazo de su entorno), pero la diferencia entre aquéllos y la película escrita y dirigida a cuatro manos por Aharon Keshales y Navot Papushado estriba en el tono. Mientras las primeras son ásperos dramas con tintes de thriller (o violentos thrillers con su dosis de drama), “Big Bad Wolves” tira de humor negro (negrísimo) para orquestar una macarrada ultraviolenta de dudosa lectura moral.


Quizá me esté volviendo viejo, no sé, pero a mí “Big Bad Wolves” me ha parecido un chiste demasiado largo y sin pizca de gracia. Es verdad que contiene algunos momentos inspirados en lo que respecta al tratamiento de la imagen, pero en términos narrativos abusa en exceso de la cámara lenta y se apoya demasiado en la (estupenda, eso sí) banda sonora de Frank Ilfman. La dilatación de las escenas para generar tensión entre los personajes en un recinto cerrado, recurso muy apreciado por el citado Tarantino (véanse la escena de la cantina en “Malditos bastardos” o la cena en Candyland en “Django desencadenado”), acaba volviéndose una excusa para justificar los 110 minutos de duración de una película que podría haberse resuelto perfectamente como un mediometraje o un episodio de una serie antológica de televisión al estilo “Alfred Hitchcock presenta”. Tampoco ayuda, me temo, que me haya sido imposible empatizar con ninguno de sus protagonistas. Ni siquiera con el padre de la niña asesinada, que era quien más papeletas tenía para ponerme de su parte: ni me gusta cómo está escrito el personaje ni me convence la forma en que lo aborda el actor que lo encarna, Tzahi Grad. Todos los caracteres que pueblan “Big Bad Wolves” son, en mayor o menor medida, unos psicópatas caricaturescos que sólo saben responder a la violencia con mucha más violencia, reaccionando en ocasiones de forma poco creíble, dadas las circunstancias en las que se encuentran.


No se me escapa cierta intención social en el retrato de los prejuicios hacia la población musulmana, representada precisamente por el único personaje civilizado del film. Supongo que ahí subyace una crítica hacia lo desproporcionado de la respuesta (ya institucionalizada) de los israelíes hacia la violencia; a cómo el luchar contra el fuego con fuego se ha convertido en parte de la idiosincrasia nacional. O quizás el subjetivismo con el que cada espectador descifra una película esté entrometiéndose en mi interpretación de la cinta, adaptándola a los intereses de mi propia ideología.


Ni siquiera estas consideraciones sociológicas pueden, no obstante, salvar a “Big Bad Wolves” de mi quema particular. Sus intenciones, hacer humor de lo macabro, son tan obvias que el resultado final sólo admite dos opciones: o te ríes o te aburres. Yo me he aburrido, pero tengo perfectamente claro que eso no tiene tanto que ver con saber (o no) reírme de lo políticamente incorrecto (lo dice uno que se parte con “La hermandad de la Biblia Perry”) como con el hecho de que esta manifestación concreta de humor negro, simple en lo argumental y con un final bastante predecible, no me ha parecido especialmente graciosa.

martes, mayo 27, 2014

Micro-reseñas primaverales 2014

La primavera es una estación turbulenta para el lector de tebeos español. La celebración anual del Salón Internacional del Comic de Barcelona coincide con el florecimiento de la vegetación, las crisis alérgicas y la llegada de las minifaldas, haciendo del mundo un lugar mejor para los geeks hispanoparlantes y dejando sus cuentas bancarias en números aún más rojos.


Las editoriales, ignorando la actual coyuntura económica, siguen concentrando lo más granado de sus lanzamientos en los días inmediatamente anteriores al festival por excelencia del tebeo en nuestro país (por mucho que yo prefiera, de largo, acudir como público al espléndido Viñetas desde o Atlántico que Miguelanxo Prado y Carlos Portela organizan cada verano en A Coruña), y un servidor cae un año más en la fiebre consumista y rompe su cerdito-hucha para darle un tiento a algunas de las novedades más destacadas:


Los Muertos Vivientes 20: Guerra sin cuartel (parte 1)
Guión: Robert Kirkman. Dibujo: Charlie Adlard.
144 págs. Rústica. Planeta de Agostini.


No queda mucho por decir, a estas alturas, de la longeva serie escrita por Robert Kirkman, el guionista multimedia del momento (con permiso de Joss Whedon), y dibujada por el mediocre Charlie Adlard. Las siempre trágicas desventuras del grupo de supervivientes liderado por Rick Grimes en un mundo postapocalíptico plagado de zombies y cosas mucho peores (¡humanos!) alcanzan nuevas cotas de ruido y pirotecnia con la primera parte de la saga “Guerra sin cuartel” con la que, presumiblemente, Kirkman nos guiará hasta el final del largo arco argumental dedicado al personaje de Negan.


Resulta evidente, al menos para mí, que “Los Muertos Vivientes” no se encuentra en su momento de mayor interés. Tras 120 episodios, recopilados por Planeta de Agostini en 20 tomos en rústica, la sensación de que la colección encara un lento declive es algo más o menos palpable; todo lo contrario que su melliza catódica, más interesante con cada nueva temporada emitida por la cadena AMC. Lo cual no significa que el tebeo que propulsó a Kirkman al estrellato no mantenga siempre unos estándares de calidad bastante altos, muy por encima de la media del tebeo comercial estadounidense, convirtiéndose en cita ineludible cada vez que una nueva entrega llega a las librerías de nuestro país. Eso, claro, y que en el momento menos pensado Kirkman vuelve a dar un golpe sobre la mesa (como en el número 100 USA) y nos pone a todos los huevos de corbata por enésima vez.



  
47 Ronin
Guión: Mike Richardson. Dibujo: Stan Sakai.
144 págs. Rústica. Planeta de Agostini.


Ésta no es estrictamente una novedad del Salón del Comic, puesto que fue publicada por Planeta de Agostini a finales de marzo, pero sí entraría por fecha en el lote de lecturas primaverales del abajo firmante. No sé si es casual o no que a principios de este año se estrenase una libérrima (por utilizar un adjetivo eufemístico) adaptación al cine de la leyenda japonesa de los 47 ronin, pero la versión en viñetas propuesta por Mike Richardson (hombre para todo de Dark Horse Comics) y Stan Sakai (creador del célebre conejo samurai Usagi Yojimbo) bajo la supervisión de Kazuo Koike (genuflexión: "El lobo solitario y su cachorro") pretende reflejar el espíritu del relato original manteniendo una gran fidelidad respecto al contexto histórico.


Así, "47 Ronin" es un tebeo sobrio, a caballo entre los modos narrativos occidentales (formato comic-book de 24 páginas en color) y la sensibilidad oriental, presente tanto en las motivaciones de los personajes y las decisiones que éstos toman como en el trazo cartoon, personalísimo, de Sakai. Con una apabullante sencillez narrativa, el dibujante estadounidense de ascendencia japonesa sabe dotar al relato del ritmo idóneo tanto para los momentos más reflexivos, plenos de esa filosofía abnegada que define al bushido, como para las escenas de acción, alejadas de los tópicos occidentales sobre la esgrima samurai. No todo es perfecto: por un lado, me hubiera gustado un mayor desarrollo en los personajes secundarios, pues apenas hay tres o cuatro caracteres bien definidos en la trama; por el otro, el estilo de Sakai funciona mejor para los animales antropomórficos de "Usagi Yojimbo" que para los humanos de "47 Ronin": por momentos me ha costado distinguir los rostros de los distintos samurais y señores feudales. Aún así, "47 Ronin" sigue siendo un título más que recomendable para todos aquellos que disfruten de las historias japonesas de época... asumiendo, por supuesto, que el resultado está mucho más cerca del cine de Akira Kurosawa que de la última superproducción protagonizada por Keanu Reeves.




100 Balas: Hermano Lono
Guión: Brian Azzarello. Dibujo: Eduardo Risso. Color: Patricia Mulvihill.
192 págs. Rústica (aunque también existe una edición en cartoné). ECC Ediciones.


Brian Azzarello y Eduardo Risso recuperan a uno de los personajes más carismáticos de la colección de género negro que los consagró, “100 Balas”, en una miniserie de ocho números ambientada en la ciudad mexicana de Durango. “Hermano Lono” funciona casi como un áspero combinado de las crípticas e hiperviolentas novelas criminales de Cormac McCarthy con “El jinete pálido” de Clint Eastwood.


Tras varios años encubriendo su predilección por el hard boiled bajo los códigos del género super-heroico, Azzarello regresa por fin a su legítimo hogar literario y uno percibe claramente cómo el escritor italoamericano se siente mucho más cómodo retratando el decadente México de los narcos torturadores y la corrupción institucionalizada que narrando la última aventura mitológica de Wonder Woman (por curiosa que le esté quedando su etapa como guionista de las aventuras de la amazona). El dibujo atmosférico del argentino Eduardo Risso, deudor del claroscuro de sus compatriotas Muñoz y Breccia, reanima la simbiosis perfecta que ya había hecho de “100 Balas” una cabecera de una coherencia y solidez memorables. La sensación que uno tiene leyendo “Hermano Lono” es, en definitiva, la de que no ha pasado un día desde que nos vimos obligados a despedirnos de Dizzy Córdoba, Cole Burns y el enigmático Agente Graves.




Este del Oeste: Uno
Guión: Jonathan Hickman. Dibujo: Nick Dragotta. Color: Frank Martin.
152 págs. Rústica. Norma Editorial.


Jonathan Hickman es uno de los guionistas norteamericanos del momento. Tras varias miniseries de corte independiente, sus guiones para “Fantastic Four”, "Guerreros Secretos" y "Shield" lo pusieron en el punto de mira del fandom, y su trabajo actual como arquitecto principal del relanzamiento de Marvel Comics, desarrollando en paralelo varias cabeceras de la franquicia vengadora, lo ha elevado al estatus de estrella. Aún así, y como suele ser tan común en estos casos, son sus proyectos de creación propia los que a priori más me seducen. Al igual que Brian Wood (“The Massive”), Rick Remender (“Black Science”, “Deadly Class”), Brian K. Vaughan (“Saga”) o más recientemente Jason Aaron (“Southern Bastards”), Hickman da cobijo a estas ideas más personales en Image Comics, la editorial que ha tomado el relevo a Vertigo como sello estandarte de los comics de terror y ciencia-ficción para adultos. Allí es donde mensualmente publica la divertidísima “Los Proyectos Manhattan”, dibujada por Nick Pitarra, y también donde viene serializando desde hace unos meses “Este del Oeste” en colaboración con el artista Nick Dragotta.


“Este del Oeste” mezcla el western, la ciencia-ficción futurista, las distopías históricas, el misticismo y las artes marciales en un tótum revolútum que, contra todo pronóstico y al contrario que en “Los Proyectos Manhattan”, se toma mortalmente en serio a sí mismo. Su planteamiento se revela ambicioso desde las primeras páginas, con multitud de personajes en danza, alianzas políticas, profecías apocalípticas, magia, tecnología y religión dándose la mano en una trama que promete desarrollarse a lo largo de decenas de episodios. Esto no es nuevo en Hickman, un tipo frío y calculador que sólo sabe pensar a lo grande y que habitualmente concede más importancia al avance de las distintas tramas que al desarrollo de los personajes, defecto que “Este del Oeste” no consigue eludir en este primer recopilatorio publicado por Norma. Como Hickman es un guionista de largas distancias, de esos que se disfrutan mucho más de veinte en veinte números que de cinco en cinco, y como el dibujo de Dragotta me parece espléndido, yo me subo sin reparos al carro de “Este del Oeste” a la espera de poder comprobar si las altas expectativas generadas acaban teniendo los resultados deseados. Por ahora la cosa pinta bien.




Fatale 2: Los trabajos del diablo
Guión: Ed Brubaker. Dibujo: Sean Phillips. Color: .
136 págs. Cartoné. Panini Comics.


La feliz asociación entre el guionista Ed Brubaker y el dibujante Sean Phillips continúa dando magníficos frutos en la segunda entrega de "Fatale", con la que Panini recopila los episodios 6 al 10 de la serie, a punto de concluir en el número 24 en su país de origen de la mano de Image Comics. Una vez más, me veo en la obligación de subrayar esa posición privilegiada que ahora la editorial ocupa entre las preferencias de los propios autores norteamericanos a la hora de introducir en el mercado sus nuevas colecciones. Tanto es así que Brubaker y Phillips han firmado un contrato en exclusiva por 5 años para publicar todas sus obras de creación propia bajo el paraguas de Image, llevándose consigo dos de sus licencias más importantes en el sello Icon de Marvel: "Incognito" y "Criminal".


Este segundo volumen de "Fatale" repite las mismas virtudes (y los mismos tics, tan propios de su equipo creativo) que el tomo precedente: mezcla de género negro y terror sobrenatural en una proporción, digamos, 80% James Ellroy / 20% H.P. Lovecraft; un dibujo atmosférico, cada vez más ágil y expresivo, y una narración precisa como un mecanismo de relojería por obra y gracia de Phillips; violencia, sexo y mujeres malas que manipulan una y otra vez a hombres mucho más simples e ingenuos que ellas. Todo ello contextualizado en esta ocasión en la ciudad de Los Angeles de los años setenta, meca del cine, la droga y las sectas al estilo Manson. Quienes llevamos siguiendo a Bru y Phillips desde los tiempos de la imprescindible "Sleeper" ya sabemos lo que podemos esperar de un tebeo firmado por este equipo creativo. Compra segura, llueva, nieve o salga el sol.