viernes, agosto 29, 2014

Otros 10 comics todavía inéditos en España que estoy leyendo en formato digital

¿Recordáis cuando hace unos meses escribí una batería de reseñas con una decena de tebeos pendientes de publicación en nuestro país? Algunas de aquellas colecciones ya han concluido, otras prosiguen con muy buena salud y la mayoría no tienen todavía fecha de edición en España (aunque hay excepciones como "Black Science" y "The Wake", de próxima aparición en las librerías autóctonas).

El caso es que hoy traigo otra tanda de títulos, 10 nuevamente, que estoy siguiendo en inglés y en formato digital. Me gustaría constatar, además, que la aplastante mayoría de estas colecciones pertenecen a la editorial Image Comics. Teniendo en cuenta tanto estas cabeceras como otras que ya se están publicando en lengua española (como "Los Muertos Vivientes", "Invencible", "Saga", "Este del Oeste", "Fatale" o "Los Proyectos Manhattan") no me cabe la menor duda de que la editorial con el logo en forma de "I" es ahora mismo el mayor hervidero de creatividad en lo que respecta al comic comercial estadounidense, ocupando el trono que hace 15 años ostentaba el sello Vertigo de DC Comics.


Bedlam
Guión: Nick Spencer. Dibujo: Riley Rossmo, Ryan Browne. Color: Jean-Paul Csuka.
Image Comics. Serie abierta. 11 números publicados.


¿Por qué un lector veterano debería a estas alturas prestar atención a la enésima vuelta de tuerca del modelo "expeditivo super-héroe en ciudad decadente (a.k.a. Batman) contra mente maestra del crimen absolutamente depravada (a.k.a. Joker)"? Pues porque Nick Spencer, el creador de "Morning Glories" (esa otra serie de Image que Panini dejó colgada en España tras su tercer tomo recopilatorio), propone una de las reescrituras más salvajes, turbadoras y al mismo tiempo entretenidas del citado canon, y lo hace añadiendo una variación que da muchísimo juego: ¿qué pasa cuando Madder Red (nuestro sosias del Joker) se reforma, hipnosis y lobotomía mediante, y se convierte sin que nadie lo sepa en una suerte de asesor policial a lo Hannibal Lecter? De hecho, a partir de ese giro "Bedlam" se parece muy poco a lo que uno podría esperar de un tebeo de super-héroes y mucho a una versión (aún) más retorcida de las novelas de Thomas Harris, aderezada con elementos de "La naranja mecánica" de Burguess/Kubrick.


No se trata de un tebeo apto para todos lo estómagos, pero si uno disfruta con / es capaz de obviar la violencia física y psicológica más bestia que un servidor se haya encontrado en un comic comercial USA, encontrará en este "Bedlam" un título ingenioso, sorprendente y mortalmente adictivo. Ni siquiera el limitado dibujo de Riley Rossmo (en el primer arco argumental) y Ryan Browne (en el segundo) consigue rebajar mi entusiasmo, pues resulta de lo más adecuado (por turbador y feísta) para la historia que se nos narra en la colección.



Little Nemo: Return to Slumberland
Guión: Eric Shanover. Dibujo: Gabriel Rodríguez.  Color: Nelson Daniel.
IDW Publishing. Serie abierta. 1 número publicado.


¿Pero... pero esto qué es? ¿Una secuela de "Little Nemo in Slumberland"? ¿En serio? ¿Y por qué no "Centauros del desierto 2: desmadre en Texas" o la segunda parte de "Blade Runner"? (Oh, wait). Y sin embargo así es: "Return to Slumberland" supone un reencuentro con el universo fantástico creado en 1905 por Winsor McCay en uno de los comics más influyentes de todos los tiempos (a la altura de "The Spirit" de Will Eisner, "Príncipe Valiente" de Hal Foster y el "Youngblood" de Rob Liefeld). Y es una secuela. Ni reboot ni revisión ni leches: secuela. De hecho la trama gira en torno a la búsqueda por parte de los sirvientes del Rey Morfeo de un nuevo compañero de juegos para la hija del monarca. El elegido es James Nemo Summerton, que comparte nombre (parcialmente) con un antiguo amigo de la princesa del País de los Sueños. Curiosamente, debo reconocer que el primer número de "Return to Slumberland" me ha sorprendido en sentido positivo. Se trata de un tebeo profundamente nostálgico y respetuoso con el original, que remite de forma constante a las planchas de McCay, con pequeñas aventuras oníricas (de 2 ó 3 páginas) que terminan invariablemente con Nemo despertándose en una viñeta situada en la esquina inferior derecha, al tiempo que trata de desarrollar una trama general, sencilla y amable, que unifique el relato y presente progresivamente diversos aspectos y personajes del País de los Sueños.


Podría decirse que Eric Shanover, el creador de la colosal "La Edad de Bronce", ha hecho los deberes y ha optado por reproducir la inagotable imaginería onírica de McCay haciendo un mayor énfasis en la continuidad y presentándolo de forma atractiva para una nueva generación de lectores. A ello contribuye, de forma rotunda, el espectacular dibujo de Gabriel Rodríguez, quien ya había demostrado su capacidad para homenajear al clásico de principios del siglo XX en la deliciosa historia corta "Open the moon" (integrada en la colección "Locke & Key" co-creada por Rodríguez y Joe Hill). Lo diré de otro modo: asumiendo que NADIE ES McCAY, e independientemente del mejor o peor hacer de Shanover a los guiones, voy a continuar leyendo esta serie porque soy muy fan del dibujante chileno. Está claro que la importancia de esta nueva cabecera publicada por IDW será irrisoria en comparación con el destacado lugar que el primer "Little Nemo" ostenta en el Olimpo del Noveno Arte pero, pese a las cóleras que a buen seguro "Return to Slumberland" despertará entre algunos de los fans históricos del personaje, a mí el primer episodio escrito por Shanover y dibujado por Rodríguez me ha parecido un entretenido comic destinado al público infantil... y también a todos aquellos que seguimos siendo niños, tantos años después y a pesar de todo.



Nailbiter
Guión: Joshua Williamson. Dibujo: Mike Henderson. Color: Adam Guzowski.
Image Comics. Serie abierta. 4 números publicados.


La idea en torno a la cual se articula "Nailbiter" es por sí sola un gancho de lo más llamativo. Buckaroo es una pequeña ciudad del estado de Oregón tristemente célebre por ser el lugar de nacimiento de 16 de los más retorcidos asesinos en serie del último siglo: desde el infame Quemalibros ("Book Burner") hasta la más reciente celebridad local, el Muerdeuñas ("Nailbiter") del título, pasando por psicópatas tan extravagantes como El Asesino del Cine Mudo ("the Silent Movie Killer"), que mataba a quienes hablaban durante la proyección de una película, o La Rubia ("the Blonde"), que elegía a sus víctimas entre los machistas que la piropeaban por la calle. Cuando el policía Eliot Carroll desaparece mientras investiga los indicios que podrían explicar esta proliferación de maníacos en Buckaroo, su amigo Nicholas Finch, otro agente de la ley (en horas muy bajas), viajará con el fin de encontrarlo hasta el terrorífico enclave, convertido con el paso de los años en poco menos que un parque temático para periodistas oportunistas y turistas morbosos.


El ascendente escritor Joshua Williamson, creador de la serie "Ghosted" también para Image, plantea una historia muy entretenida, fresca a pesar de su escasa originalidad (de psycho-killers están el cine, las series de tv y los comics repletos), que tiene la virtud de no tomarse demasiado en serio a sí misma y de recurrir en igual medida al humor negro que al gore y el horror. El dibujante Mike Henderson mantiene el nivel gráfico en una aceptable mediocridad, sin comerse demasiado el coco con la puesta en página y las soluciones narrativas, y aunque "Nailbiter" no destaca especialmente ni por un guión vanguardista ni por un apartado visual sorprendente, el conjunto resulta tan desenfadado y adictivo que uno siempre se lleva una pequeña alegría cuando un nuevo número sale a la venta en EE.UU.



Outcast
Guión: Robert Kirkman. Dibujo: Paul Azaceta. Color: Elizabeth Breitweiser.
Image Comics. Serie abierta. 3 números publicados.


Tras pasarse la última década alegrándome la vida con sus guiones para "Los Muertos Vivientes" e "Invencible" (las dos cabeceras que iniciaron la profunda renovación del sello Image), el anuncio de una nueva serie regular creada y escrita por Robert Kirkman sólo podía ser recibido con ilusión y gran curiosidad. El argumento de "Outcast" nos presenta a Kyle Barnes, un hombre de mediana edad que pasa por una profunda depresión tras un trauma familiar vinculado con sucesos paranormales. Porque Kyle ha vivido desde niño rodeado de casos de posesiones demoníacas que lo atormentan por motivos desconocidos. Con la ayuda de un exorcista proletario, el reverendo Anderson, tratará de descubrir qué buscan de él estas presencias malignas que lo persiguen haciendo daño a sus seres queridos.


El propio Kirkman define "Outcast" como su intento más serio de hacer auténtico género de terror sobrenatural, y lo cierto es que la atmósfera malsana y la sobriedad en los diálogos y la caracterización de personajes le confieren un tono aún más oscuro que el de "Los Muertos Vivientes", que tiene más de slice of life postapocalíptico que de verdadero terror. Que Kirkman consiga su propósito (dar mal yuyu y que nos interesemos por la historia del protagonista desde las primeras páginas) tiene mucho que ver no sólo con su talento para plantar unos cimientos sólidos para un relato que se prevé de largo recorrido, sino también con el atmosférico dibujo de Paul Azaceta (con reminiscencias del Mazzuchelli de mediados de los años 80) y el elegante uso del color de Elizabeth Breitweiser. Si éste es el camino a seguir en las sucesivas entregas, le auguro a "Outcast" una exitosa trayectoria tanto a nivel cualitativo como comercial, además de una inevitable adaptación a la pequeña pantalla.



Southern Bastards
Guión: Jason Aaron. Dibujo y color: Jason Latour.
Image Comics. Serie abierta. 3 números publicados.


¡Hay que ver las ganas que le tenía a este comic! El guionista de la superlativa "Scalped", una de mis colecciones favoritas de la última década, presenta su nuevo proyecto de creación propia y retoma algunos de los aspectos que hicieron de las andanzas de Dash Caballo Terco y Lincoln Cuervo Rojo una lectura apasionante. En esta ocasión quien regresa a sus orígenes es Earl Tubb, un anciano que abandonó Craw County muchos años atrás y que vuelve a la casa en la que se crió para recoger unas pertenencias personales de su tío, confinado en un asilo. Lo que en teoría debía ser un viaje de un par de días se convierte en una estancia de duración indeterminada: al igual que su padre, el temible y difunto sheriff Bertrand Tubb, Earl tiene un serio problema a la hora de mirar hacia otro lado cuando se trata de corrupción e injusticia. Y Craw County (que no es un tipo de helado) resulta ser un recodo sin ley en el sur profundo de los EE.UU. particularmente corrupto.


Aunque las expectativas estaban por las nubes (al menos en mi caso), este primer arco argumental de "Southern Bastards" me está pareciendo una gozada. Su protagonista, una suerte de Lee Marvin musculoso ejerciendo de Gary Cooper en "Solo ante el peligro", es un dechado de carisma. La asfixiante atmósfera, el miedo palpable en la población de Craw County, parecen el contexto perfecto para que Jason Aaron saque a escena lo mejor (¿o es lo peor?) de su catálogo de personajes, lejos por fin de sus alimenticios trabajos super-heroicos para Marvel Comics. Y, no menos importante, la labor artística de Jason Latour no sólo está a la altura de la prosa del guionista, sino que la engrandece con su trazo expresivo, su narrativa ágil y su terrosa paleta cromática. Un must como una casa, vaya.



Supreme: Blue Rose
Guión: Warren Ellis. Dibujo y color: Tula Lotay.
Image Comics. Serie abierta. 2 números publicados.


Warren Ellis, el prestigioso creador de "Planetary" y "The Authority", retoma el personaje creado en los 90 por Rob Liefield, gloriosamente reinventado por Alan Moore en la década siguiente y continuado con escasa fortuna por Erik Larsen en 2012, y ofrece una vuelta de tuerca radical a sus conceptos fundacionales (un clon desvergonzado de Superman, para entendernos). Más allá del nombre de personajes y lugares, poco o nada se parece este "Supreme: Blue Rose" al trabajo de los autores precedentes. La ciencia-ficción de vanguardia que tanto fascina a Ellis sustituye al componente super-heroico hasta el punto de que el personaje que da nombre al tebeo apenas ha aparecido de refilón en una sola viñeta de los dos números publicados hasta el momento (y en su identidad secreta de Ethan Crane, para más inri).


El resto es misterio periodístico y onirismo críptico. O lo que es lo mismo: "Supreme: Blue Rose" me interesa por lo que tiene de incógnita, de "a ver qué se saca Ellis de la manga para explicar todo esto y conectarlo con las versiones anteriores de Supreme", pero es todavía muy pronto para saber si el resultado final estará a la altura de las enormes ínfulas de su planteamiento. Lo que no admite reproches es el trabajo gráfico de la ilustradora Tula Lotay: su estilo suelto, prácticamente abocetado, y su personalísimo uso del color convierten a "Supreme: Blue Rose" en una experiencia estética deliciosa.



The Fade Out
Guión: Ed Brubaker. Dibujo: Sean Phillips. Color: Elizabeth Breitweiser (la misma, sí, que en "Outcast").
Image Comics. Serie abierta. 1 número publicado.


¿Cuántos números necesito para saber que "The Fade Out" es una de las nuevas series a seguir con interés? Ninguno. El nombre de sus autores en la portada es más que suficiente para anticipar qué puede uno encontrar en este tebeo. Por suerte Brubaker y Phillips, el celebrado equipo artístico de melocotonazos como "Sleeper", "Criminal" y "Fatale", ofrecen en este primer proyecto de su contrato en exclusiva con Image Comics lo que yo espero de ellos: serie negra canónica y artesanal, escrita con brillantez e ilustrada con innegable talento. En esta ocasión el argumento nos sitúa en el Hollywood de los años 40, en el que la caza de brujas y las fiestas desmadradas en las mansiones de las estrellas sirven de contexto para el clásico "whodunit": tras una de estas multitudinarias celebraciones repletas de alcohol y sexo, la actriz emergente Val Sommers aparece estrangulada. El protagonista del relato, el guionista de cine Charlie Parish, despierta junto al cadáver con una resaca de mil demonios y un vacío en su memoria que cubre la mayor parte de la noche anterior.


A estas alturas de su carrera Bru y Phillips funcionan como una única fuerza creativa, y eso se traduce en una simbiosis de guión y dibujo sencillamente perfecta, hasta el punto de que cada nueva obra suya no hace sino refinar su sobriedad narrativa y pulir su sentido del ritmo. Soy consciente de que la absoluta ausencia de novedades tanto argumentales como formales puede desilusionar a más de uno, pero si se sabe entender "The Fade Out" como lo que es (una historia de "Criminal" ambientada en la era dorada de Hollywood) es imposible que nadie salga decepcionado.




The Multiversity
Guión: Grant Morrison. Dibujo y color: Varios autores.
DC Comics. Serie limitada de 2 números, más 8 one-shots más o menos autoconclusivos ubicados entre uno y otro (suena raro, pero así es). 1 número publicado.


Al igual que "The Fade Out", "The Multiversity" es otro de esos títulos que ya tenían mi interés ganado de antemano, tanto por los nombres de los autores implicados como por la propia naturaleza del proyecto. Retomando algunos de los elementos más atractivos de "Los Siete Soldados de la Victoria" y de "Crisis Final", el lisérgico guionista escocés Grant Morrison nos lleva de viaje por las 52 realidades paralelas surgidas como consecuencia de "Crisis Infinita", uno de tantos crossovers DCeros que pusieron la continuidad de la editorial patas arriba cuando se suponía que debían arreglarla: la misma cantinela que viene repitiéndose desde mediados de los años 80 de forma cíclica en la empresa que publica las aventuras de Batman y Superman. No obstante, si de todo esto Morrison obtiene el material necesario para concebir una epopeya de la escala insinuada en el primer número de "The Multiversity", no seré yo quien se queje. El plan del guionista de "Doom Patrol" y "Los Invisibles" es publicar 8 one-shots autoconclusivos de 48 páginas, cada uno dibujado por un artista de primera magnitud y dedicado a una tierra paralela distinta, además de dos números de una cabecera central (la titulada simplemente "The Multiversity") que sirvan como elemento cohesivo para una trama que implique tangencialmente a los diferentes planos de realidad. A priori, el episodio de "The Multiversity" que más me llama la atención es el que verá la luz en noviembre bajo el epígrafe de "Pax Americana", y que reunirá al equipo creativo de "All-Star Superman" (el propio Morrison y el dibujante Frank Quitely) en una reinterpretación de los personajes de Charlton Comics que en su día sirvieron de inspiración a Alan Moore para "Watchmen". Las páginas de "Pax Americana" vistas hasta ahora en la red no podrían tener mejor pinta.


Por el momento, el único capítulo publicado de "The Multiversity" supone una generosa dosis de conceptos morrisonianos que ofrece al lector una sorpresa al girar cada página, además de un ejercicio de genuina épica super-heroica ilustrado con primor por el artista que mejor ha entendido las enseñanzas del maestro Alan Davis: el talento de Ivan Reis parece no tener techo, y lo que hace en este primer episodio de "The Multiversity" no tiene nada que envidiar a las detallistas congregaciones de héroes ilustradas por George Pérez ni a las espectaculares escenas de acción plasmadas por Bryan Hitch. En manos de Reis, los diálogos crípticos y grandilocuentes, las amenazas inenarrables de escala cósmica, el metalenguaje más delirante y todos los demás tics y lugares comunes del imaginario morrisoniano parecen más asequibles que nunca, lo cual se agradece una barbaridad. Veremos en qué acaba derivando todo esto ("Crisis Final" también empezaba a lo grande y ya sabemos cómo terminó la cosa), pero desde luego el arranque de "The Multiversity" ha dejado muy alto el listón para próximas entregas.



Velvet
Guión: Ed Brubaker. Dibujo: Steve Epting. Color: Elizabeth Breitweiser (y viva el estajanovismo).
Image Comics. Serie abierta. 6 números publicados.


El equipo creativo responsable de los tebeos más relevantes del Capitán América en décadas desembarca en Image con una premisa sugerente: ¿qué pasaría si la principal sospechosa del asesinato a sangre fría de James Bond fuese la secretaria Moneypenny? Sustituyamos al MI-6 por la organización ARC-7, al agente 00-ídem por el nombre en clave X-14 y a la enamoradiza burócrata creada por Ian Fleming por la Velvet Templeton del título (la cual esconde un turbulento pasado como agente de campo), añadamos unas gotas de "Modesty Blaise" y de "Sleeper" (¿el mejor trabajo de Brubaker?) y obtendremos la receta del éxito de "Velvet".


A Bru el cambio de aires (de Marvel a Image) le ha sentado de maravilla, y aquí se muestra pletórico en la descripción de personajes y en la construcción de una trama adictiva, tirando de recursos tan clásicos y eficaces como el flashback y la voz en off. Por su parte, Epting entrega las mejores páginas de su carrera: un prodigio de anatomía realista y gran cuidado en los fondos que, al contrario que en el caso de otros dibujantes que abusan de las referencias fotográficas como Alex Maleev o Greg Land, no repercute en absoluto en el ritmo narrativo. De hecho, pocos tebeos he leído últimamente capaces de transmitir el nervio que Epting imprime a las escenas de combate cuerpo a cuerpo, tiroteos y espectaculares persecuciones en las que Velvet se ve inmersa mientras recorre el mundo tratando de limpiar su nombre y desentrañar las claves del asesinato del agente X-14.



Zero
Guión: Alex Kot. Dibujo: un artista diferente en cada número. Color: Jordi Bellaire.
Image Comics. Serie abierta. 10 números publicados.


Cuanto más pienso en ello, más evidente me parece el hecho de que la mayoría de mis comics comerciales favoritos de los últimos tiempos han sido aquellos que mejor partido le han sacado al formato comic-book de 24 páginas. Títulos como "Planetary", "All-Star Superman" o "Sleeper", en los que cada entrega mensual suponía en sí misma un estímulo plenamente satisfactorio y no sólo una parte mínima de un todo mayor. Es una tradición narrativa que se está perdiendo, con guionistas cada vez más cómodos en el terreno del decompressive storytelling, con las intenciones puestas en el tomo recopilatorio y no en la publicación mes a mes. Por suerte todavía quedan tebeos como "Zero", capaces de desarrollar episodios más o menos cerrados dentro de una trama mayor, consiguiendo revalorizar el formato tradicional de serialización en el comic estadounidense. Más aún si tenemos en cuenta que cada capítulo está dibujado por un artista diferente, adaptando el aspecto visual al tono y al ritmo de la narración. Lo que habitualmente se denomina despectivamente como "baile de dibujantes" se convierte aquí en un valor añadido, del mismo modo en que sucedía con la "Global Frecuency" de Warren Ellis, y por imposible que parezca esto no implica una gran irregularidad en el resultado final, pues la calidad media de "Zero" se mantiene muy alta en todo momento (por mucho que haya episodios como el 2, el 3 o el 9 que sobresalgan por encima del resto). Por pomposo que pueda sonar, lo apropiado en este caso sería hablar de "vals de dibujantes".


El argumento de "Zero" combina el género de espías con la ciencia-ficción, con un protagonista primo-hermano de Jason Bourne, acuciado por dudas existenciales respecto a su pasado y al verdadero propósito de sus misiones, trabajando para una misteriosa Agencia recién salida de un capítulo de "Fringe". Que no sea una idea precisamente original no implica que no esté brillantemente desarrollada. La conspiración de fondo, la fantasía hi-tech y las impactantes escenas de acción que salpican el relato no esconden la auténtica importancia del elemento dramático y de la precisa caracterización de personajes con apenas cuatro pinceladas. A este respecto, el trabajo del guionista Alex Kot se merece todas las alabanzas posibles. Y las buenas noticias no terminan aquí: ECC Ediciones ya ha anunciado su publicación en nuestro país para el mes de octubre, arrancando con el tomo que recoge los 5 primeros comic-books (y que culmina con un cliffhanger realmente interesante). Para el menda, compra segura. Sin pestañear.

martes, agosto 26, 2014

Hortera y Cassette*

"(...) If the 80's were tough,
the 90's were mean (...)"

"Cynical bastards", Arkells


Si hubiera justicia en el mundo los israelíes dejarían de masacrar al pueblo palestino, mi cuñada encontraría rápidamente un trabajo y, en otro orden de cosas totalmente distinto, "Come to light" de Arkells sería la canción de este verano. De todos los veranos. El tema de presentación del tercer largo de los canadienses es el single perfecto: capaz con una sola escucha de convertir con semanas de antelación a "High Noon" en uno de mis discos más esperados de la temporada estival. Eso, viniendo de un tipo que jamás había oído hablar del quinteto de Ontario, tiene que significar algo (bien sobre la contundencia de la canción de marras, bien sobre mi escaso criterio musical).

Esas buenas vibraciones creadas por el adelanto aparecido a mediados de mayo se han concretado en un álbum que arranca de forma inmejorable con "Fake money", himno punk-folk de taberna reconducido, milagros de la producción, hacia el terreno del pop para modernos. "Dirty blonde" parece rescatada de un/a viejo/a cassette (¿es cassette/casete/caset un término masculino o femenino?) en el que podría hacer compañía a Culture Club y al David Bowie de "Modern love". Llámalo guilty pleasure si quieres, pero a mí me pone de buen humor. Exactamente igual que "What are you holding on to?", que no habría desentonado en un disco de Haley and the Oates. "Leather jacket" suena a single (también) por los cuatro costados, con un estribillo pensado para barrer en las radios generalistas: piensa en Brandon Flowers cantando "Call me maybe" y, si consigues superar la vergüenza inicial, no andarás muy desencaminado. Antes de "Systematic", otro chicle musical pegado al velo del paladar (con unos violines de palo que harían llorar de alegría al difunto Bobby Farrell), "Crawling through the window" nos trae esa épica pseudo-rockera tan querida por los Killers de "Battle Born".


Porque, obviamente, "High Noon" es una absoluta horterada. Pero si uno no tiene reparos en admitir que a veces pone el dial en M80 mientras conduce en soledad y canta a grito pelado aquellos hits pegadizos de hace tres décadas, posiblemente encuentre aquí un disco ligero, alegre y veraniego, de esos que cuando menos te lo esperas te pintan una sonrisa tonta en la cara.


* El título de la entrada está robado de la página de facebook de estos pinchadiscos de postín. Venía muy a cuento. Si no lo menciono hubiera sido plagio, pero con esta nota al pie de entrada lo he convertido en homenaje: viva el gorroneo conceptual.

sábado, agosto 23, 2014

Start spreading the news...

Viendo en los noticiarios las imágenes de las llamadas fuerzas del orden enzarzadas con la población civil en las actuales revueltas raciales en Misuri no resulta complicado encontrar peligrosamente factible el escenario que el guionista Brian Wood y el dibujante Riccardo Burchielli proponen en su tebeo "DMZ". Editadas por el sello Vertigo de DC Comics entre noviembre de 2005 y febrero de 2012, las 72 entregas de la colección narran el trabajo de campo de Matty Roth, becario convertido a su pesar en reportero bélico en una Nueva York situada en el epicentro de una hipotética Segunda Guerra Civil estadounidense. DMZ son las siglas en inglés para Zona Desmilitarizada, término con el que se conoce a la isla de Manhattan en el conflicto que enfrenta a los Estados Unidos con los autoproclamados Estados Libres, un movimiento separatista que aglutina una creciente ola de disturbios contra las políticas del gobierno central de Washington.

Portada de Brian Wood para el número 1 USA de "DMZ".

La DMZ es el lugar donde las fuerzas armadas de los EE.UU. consiguieron detener el arrollador avance del ejército de los EE.LL., y por consiguiente el enclave estratégico que decantará la contienda en favor de uno u otro bando. El papel de Roth en este contexto comienza siendo meramente testimonial: él es el único periodista que reside permanentemente en la DMZ, cuya población se ha visto mermada por una desastrosa maniobra de evacuación y por el peligroso día a día en el que bandas callejeras y milicias ciudadanas se reparten los cinco barrios de Nueva York. Sin embargo, pronto Roth se convertirá en un relevante personaje público, la voz de los civiles en la DMZ, y tanto los EE.UU. como los EE.LL. pretenderán manipularlo para aprovecharse de su creciente influencia mediática.

Todos los días son 11-S: presentación de Matty Roth en el número 1 USA de "DMZ". Dibujo de Riccardo Burchielli.

Parece inevitable entender la serie de Wood y Burchielli como una respuesta en forma de ficción a tres de los grandes eventos que marcaron la historia de Norteamérica en la década pasada: los atentados del 11-S y las invasiones de Afganistán e Irak. Por un lado, la destrucción del World Trade Center despertó en la población estadounidense, y más concretamente en la ciudad de Nueva York, una percepción de guerra en casa que no se conocía desde el ataque japonés a Pearl Harbor. Además, la paranoia frente al atentado impredecible y al terrorista potencial, infiltrado entre la ciudadanía, encajan perfectamente con el clima de miedo e inseguridad constantes que acompaña a diario a los habitantes de la DMZ: en una guerra callejera de norteamericanos contra norteamericanos, nunca se sabe cuándo ni dónde se producirá la siguiente emboscada o el próximo bombardeo.

Página del número 11 USA, dedicado al personaje de Zee, a cargo del dibujante de fill-in Kristian Donaldson.

Por otro lado, las estrategias militares de ocupación y reconstrucción que los EE.UU. han venido realizando en Oriente Medio en los últimos años permiten una lectura ecónomica demasiado evidente como para que uno se crea, a estas alturas, el cariz humanitario y democrático con el que los medios oficiales pretenden justificarlas. Las guerras siempre han sido, son y serán un negocio. En "DMZ" estas políticas ultracapitalistas están representadas por Trustwell, una empresa de reconstrucción aliada con el gobierno de Washington y con el grupo mediático Liberty News, y que además defiende sus intereses en la antigua Manhattan empleando un ejército privado con obvias reminiscencias de los mercenarios reales de Blackwater.

Los cascos azules cumplen con su papel decorativo en el irreconocible barrio de Tribeca. Dibuja Riccardo Burchielli.

En el epicentro de estos intereses territoriales, politicos y económicos se encuentran los vecinos de Nueva York, sitiados por ambos frentes por uno y otro ejércitos, tratando desesperadamente de reconquistar la normalidad en una ciudad cuya catastrófica arquitectura recuerda más a la franja de Gaza que al imponente skyline homenajeado en el cine de Woody Allen o Martin Scorsese. En las calles de la DMZ el lector conocerá a Zee, una estudiante de medicina obligada por su brújula moral a convertirse en asistente sanitaria para cualquiera que lo necesite; a Década Después, un graffitero que continuará dejando su impronta en calles, trenes y azoteas hasta el día en que se derrumbe la última pared de la ciudad; a Wilson, el mafioso/caudillo protector de Chinatown... Músicos, artistas, arquitectos, civiles al fin y al cabo, que tienen su propia historia personal en un relato bélico que condiciona inexorablemente sus vidas pero que, en última instancia, no los supera. Porque ni siquiera la guerra puede acabar con el alma de Nueva York.

Portada del número 67 USA, obra del ilustrador Jean Paul Leon.

Pese a haber nacido en Vermont, el guionista Brian Wood es uno de esos neoyorkinos de adopción que proclama a los cuatro vientos su devoción por la ciudad que nunca duerme. Y, de una forma un tanto extrema, "DMZ" es su carta de amor hacia esas calles y, sobre todo, sus habitantes. Según Wood el auténtico neoyorkino, ya sea nativo o prohijado, no se parece al resto de los estadounidenses. Pese al totum revolutum de razas, culturas y religiones, el neoyorkino posee una idiosincrasia propia y, de hecho, es antes neoyorkino que cualquier otra cosa. Incluso que estadounidense.

Portada de Jean Paul Leon para el número 54 USA.

"DMZ" pone el dedo en algunas de las llagas más sangrantes de las actuales políticas exteriores e interiores de los EE.UU., presentando además un rico escenario en el que desarrollar tantas historias potenciales (con puntos de vista muy diferentes) como habitantes tiene esta ruinosa isla de Manhattan. Y es precisamente ahí donde un servidor encuentra uno de los mayores problemas de la coleción: el marco creado por Wood tiene un potencial inmenso, casi infinito, pero el escritor de "Local" y "Northlanders" no acaba de sacarle todo el jugo posible. Ni desde el punto de vista bélico, donde el guionista no ahonda en los orígenes, la cronología ni el desarrollo de esta Segunda Guerra Civil estadounidense, cuyos principales actores y sus respectivas posturas políticas y sociales apenas aparecen bosquejados en el argumento principal; ni desde el punto de vista de los personajes protagonistas, entre los cuales sólo unos pocos (Roth, Zee y en menor medida el líder populista Parco Delgado) me parecen plenamente desarrollados.

Parco Delgado, la alternativa política, en un acto de campaña dibujado por Riccardo Burchielli.

En el conmemorativo número 50 USA de la colección se incluye una historia corta protagonizada por un personaje que colecciona obras de arte para protegerlas de la progresiva destrucción de los museos de Nueva York. Es un ejemplo perfecto de la clase de argumentos que Wood podría haber llevado a sus últimas consecuencias a lo largo de la colección, pero que se quedan en mera anécdota al igual que las tramas de un montón de personajes secundarios, sepultados por las vivencias en primera persona de Roth, que progresivamente pasa de testigo presencial de la contienda a protagonista destacado de la misma, en una maniobra de focalización de la trama que no acaba de convencerme. Me hubiera gustado encontrar en "DMZ" una mayor coralidad e interrelación de personajes pues el punto de partida, creo yo, demandaba precisamente esa clase de protagonismo compartido. Esperemos que la inminente adaptación televisiva para el canal SyFy (cadena que no ofrece demasiadas garantías de calidad) y que actualmente desarrollan los guionistas Andre y Maria Jacquetton (que sí ofrecen una mayor confianza, dado su trabajo previo en las primeras temporadas de "Mad Men") incida en todos los aspectos insinuados pero apenas desarrollados por Wood y Burchielli.

Matty Roth en horas bajas. Página de Buchielli para el número 54 USA.

Mi otro gran reproche a "DMZ" es el abuso en la segunda mitad de la colección del decompressive storytelling, tendencia actual del tebeo comercial norteamericano de dilatar la narración para cubrir las 20-24 páginas mensuales que demanda el formato comic-book, por mucho que los mismos acontecimientos pudieran haberse desarrollado en la mitad de espacio. Desde luego, no hacían falta 72 comics de grapa, 12 tomitos recopilatorios en la edición española a cargo de Planeta de Agostini y (en última instancia) ECC Ediciones, para desarrollar lo que Wood y Burchielli proponen en "DMZ".

Página de Nathan Fox para el flashback que ocupa gran parte del número 18 USA.

El problema, me parece, no está tanto en las decisiones tomadas por el dibujante italiano y sus ocasionales sustitutos (para cubrir con las fechas de entrega), los cuales realizan un trabajo competente aún sin grandes alardes, sino en la escritura y planificación de Wood, que sacrifica la calidad y densidad del relato en favor de la cantidad y comercialidad del mismo. Leyendo "DMZ" uno se vuelve de pronto consciente de cuánto echa de menos a los guionistas que definieron el tebeo angloparlante de los años 80; tipos como Frank Miller ("Ronin", "Give me liberty"), Alan Moore ("V de Vendetta", "Watchmen") o Howard Chaykin ("American Flagg!") que en 4, 8 ó 12 números podían presentarte una distopía cargada de lecturas políticas y sociales y un buen puñado de caracteres interesantes y llevarlos hasta sus últimas consecuencias aprovechando hasta la viñeta más pequeña para introducir el mayor número de conceptos posible.

Una comparativa caprichosa: la densidad de una página del "Give Me Liberty" (1990) de Miller y Gibbons frente al decompressive storytelling de Woods y Burchielli en "DMZ" (2011).

"DMZ" es un tebeo interesante. Una lectura agradable que posee un arranque muy prometedor y una conclusión arriesgada y honesta, pero que entre uno y otra da demasiadas vueltas alrededor de sus planteamientos sin entrar casi nunca a matar. Y así, se queda en el cómputo global unos cuantos peldaños por debajo de títulos históricos de la línea Vertigo como "The Sandman", "Predicador", "Scalped" o "100 Balas", y más próximo a la irregularidad de otros bastante recomendables aunque evidentemente menos meritorios, como "Transmetropolitan", "Y, el último hombre" o "The Unwritten". Siempre, eso sí, infinitamente mejor que "Fábulas": qué manía le tengo a "Fábulas", madre mía.

Portada de Jean Paul Leon para el número 64 USA.

Un apunte final: la sinestesia, ese curioso fenómeno por el que relacionamos sensaciones propias de un sentido (por ejemplo la vista) con otro (como el oído) ha despertado en mi cabeza numerosas asociaciones musicales mientras leía del tirón los 12 volúmenes que recogen "DMZ" en castellano (y que merecen un tirón de orejas para Planeta de Agostini por su traducción plagada de errores). La más evidente ha sido con el excelente álbum "The Monitor" de Titus Andronicus, inspirado en la Guerra Civil estadounidense (la primera, la de verdad). Pero también ha habido ramalazos del "Gold" de Ryan Adams o del "The Rising" de Bruce Springsteen. Son asociaciones muy personales, desde luego, porque sospecho que Wood tenía en mente los ritmos del hip-hop y de la música electrónica cuando describía el ambiente cultural de la DMZ (en el número 12 USA hay bastante de eso), pero así funcionan mis conexiones neuronales...

Dos viñetas del número 4 USA: Matty Roth se queja de que Radio Free New Jersey pincha demasiado Springsteen para su gusto.

jueves, julio 24, 2014

Scary Monsters (and Super Creeps)

En el ámbito de las cadenas estadounidenses de televisión por cable que ofrecen series de televisión para un público adulto, podríamos considerar a Showtime como la tercera en discordia por detrás de HBO (que actualmente emite títulos como “Juego de Tronos”, “Boardwalk Empire” y “True Detective”) y AMC (responsable de “Mad Men”, “The Walking Dead” y la recientemente finalizada “Breaking Bad”). En un momento dado, justo antes del gran despegue de AMC, parecía que Showtime podía convertirse en el gran relevo tras tantos años de hegemonía por parte de HBO: las primeras temporadas de “Weeds”, “Dexter” y “Californication” entraron con fuerza en las parrillas televisivas norteamericanas y en los hogares de un montón de teleadictos por descarga de todo el mundo, pero ninguna de estas series consiguió a la postre mantener el nivel prometido por sus primeras entregas. Tampoco la sobrevalorada “Homeland”, elevada a los altares catódicos en los Premios Emmy de 2012, logró cumplir con las expectativas generadas por una primera temporada repleta de agujeros de guión y caprichosos giros argumentales. Más allá de las desventuras conspiranoides de la agente de la CIA Carrie Mathison, el futuro de Showtime parece ahora marcado por dos producciones de nuevo cuño con perfiles bien distintos. La primera es “Ray Donovan”, una narración de género negro protagonizada por Liev Schreiber y Jon Voight que la semana pasada estrenó su segunda temporada. La otra es una de las grandes candidatas al podio del género de terror para este 2014, en pugna, presumiblemente, con “The Strain” y “American Horror Story: Freak Show”.


Se trata de “Penny Dreadful”, un pastiche de horror victoriano creado y escrito por John Logan, autor de los libretos de “Gladiator”, “El último samurai”, “El aviador” y “Skyfall”, en el que los iconos imaginados hace más de un siglo por Bram Stoker, Mary Shelley u Oscar Wilde son reinventados y situados en un universo compartido que remite inevitablemente al comic “The League of Extraordinary Gentlemen” de Alan Moore y Kevin O'Neill y, en menor medida, al “Van Helsing” dirigido por Stephen Sommers. Sin embargo, lo que en las viñetas de Moore y O'Neill es puro malabarismo enciclopédico, en “Penny Dreadful” sirve simplemente como base para un relato genérico sin grandes complicaciones metaficcionales: una historia de aventuras, acción y terror salpicada con referencias bastante asequibles para cualquier espectador que no haya estado en coma durante los últimos 50 años.


En el epicentro del relato, rodeado por los mismos monstruos que en su día la Hammer convirtió en franquicias fílmicas en blanco y negro, se encuentra el personaje de Vanessa Ives, una misteriosa médium encarnada por la hipnótica actriz Eva Green. La intérprete francesa, a quien pronto veremos en cines en la secuela (con polémica pezonil) del “Sin City” de Frank Miller y Robert Rodríguez y acompañando a Mads “Hannibal” Mikkelsen en el western danés The Salvation”,  ofrece en “Penny Dreadful” un auténtico recital dramático a través de un personaje complejo, cargado de matices y registros diferentes, logrando que la serie alcance sus picos de máximo interés cada vez que sus ojos azules asoman por la pantalla. Cuando su descubridor para el cine, el sátiro Bernardo Bertolucci, la describió como “tan bella que es indecente” se olvidó de aclarar que mi chica Bond favorita (en “Casino Royale”) es además una actriz espléndida.


Le acompaña, casualmente, el peor agente 007 que se recuerde (porque nadie recuerda a George Lazenby): Timothy Dalton, cuyo trabajo más memorable en los últimos 25 años ha sido prestar su voz al erizo Mr. Pricklepants en “Toy Story 3”. Josh Hartnett (actor discreto por quien siento simpatías a raíz de “El caso Slevin”), Harry Treadaway y el gran Rory Kinnear (en un rol muy alejado de aquel Primer Ministro británico al que daba vida en el primer episodio de “Black Mirror”) completan el reparto principal: un improvisado equipo de investigadores de lo paranormal reclutado para encontrar a una joven desaparecida que responde al nombre de Wilhelmina Murray. Resulta llamativo que sean precisamente los episodios más orientados hacia la búsqueda de la Srta. Murray, el primero y el último, los que rebajen mi entusiasmo hacia “Penny Dreadful”. Los seis capítulos que discurren entre uno y otro son tan entretenidos y disfrutan de un desarrollo de personajes tan interesante que uno lamenta que la trama (teóricamente) principal sea poco más que un enorme mcguffin para reunir a los extraordinarios caballeros de John Logan y dejar que sea la dinámica entre sus protagonistas la que realmente lleve la serie por otros derroteros.


No obstante, hay mucho más en “Penny Dreadful” para la alabanza que para el lamento: desde la exquisita puesta en escena, con Juan Antonio Bayona (“El orfanato”, “Lo imposible”) ejerciendo de maestro de ceremonias, hasta el elegante diseño de producción y los muy convincentes efectos especiales y de maquillaje, pasando por una banda sonora memorable a cargo de Abel Korzeniowski (con especial hincapié en el tema que acompaña a los créditos iniciales). En términos de producción, la serie de terror de Showtime juega en las ligas mayores, y cada centavo (o penique) invertido en su presupuesto luce magníficamente en pantalla. Habrá que ver si las buenas vibraciones transmitidas por esta primera temporada se corresponden el próximo año con una segunda entrega a la altura de las circunstancias. Yo, aunque sólo sea por ver de nuevo a Eva Green en uno de los mejores papeles de su carrera, la estaré esperando con ganas.

lunes, julio 21, 2014

Monkey gone to heaven

Pese a mi reticencia habitual hacia los remakes, reboots y precuelas oportunistas de sagas cinematográficas con solera, "El origen del Planeta de los Simios" me sorprendió en 2011 de muy grata forma: al contrario que el despropósito pergeñado por Tim Burton diez años antes, la cinta dirigida por el prácticamente desconocido Rupert Wyatt no sólo atesoraba un apartado visual magnífico, apoyado en uno de los mejores ejemplos de motion capture que se recuerden, sino que se erigía sobre un guión sólido, plagado de personajes carismáticos con motivaciones creíbles... o al menos todo lo creíbles que pueden ser las motivaciones de un chimpancé super-inteligente dispuesto a rebelarse contra el homo sapiens para romper las cadenas (metafóricas y literales) que mantenían en cautividad a sus peludos hermanos primates. "El origen del Planeta de los Simios" era una película de ciencia-ficción con trasfondo ecologista que uno podía tomarse en serio, capaz de remover las emociones del espectador y conseguir que empatizásemos precisamente con el elemento extraño de la narración: frente a la crueldad del ser humano, resultaba inevitable alinearse con el bando de los simios oprimidos y disfrutar enormemente de su odisea hacia la libertad.


Dado el éxito comercial del film y su obvia condición de punto de arranque para una nueva saga, tres años después nos encontramos en las carteleras con su secuela directa, "El amanecer del Planeta de los Simios". En ella el realizador Matt Reeves, conocido por su trabajo en "Cloverfield" (el título de esta película en castellano sí que es realmente "monstruoso") y en el remake norteamericano de "Déjame entrar", retoma la historia del libertador Caesar varios años después de los hechos narrados en la entrega anterior. Mientras la raza humana está al borde de la extinción a causa de una plaga vírica derivada de la investigación con animales, la tribu de Caesar vive pacíficamente en los frondosos bosques del área de San Francisco, ajena al apocalítptico porvenir de los hombres. La llegada de un grupo de exploradores humanos a los dominios de los simios obligará a ambas sociedades a establecer un frágil plan de convivencia envenenado desde el principio por la desconfianza mutua.


Aún sin desviarse demasiado de los principios que llevaron al éxito a su antecesora, "El amanecer del Planeta de los Simios" supera a aquélla en todos los aspectos. Desde lo puramente técnico, perfeccionando las herramientas que permiten exportar los movimientos y gestos faciales del especialista Andy Serkis a la anatomía simiesca de Caesar, hasta la cuidada planificación visual llevada a cabo por Reeves, con algunas soluciones narrativas realmente inspiradas (como el movimiento circular de la cámara sobre la ametralladora de un tanque o el plano secuencia con que se resuelve la infiltración del héroe humano en el campamento de San Francisco). Salvo en el caso de Gary Oldman, secundario camaleónico que aporta empaque y galones a cualquier reparto, el estudio ha tomado la decisión más lógica y económica: relegar los papeles humanos a intérpretes poco conocidos, como el cumplidor Jason Clarke, dejando que la atención recaiga en los auténticos protagonistas de la función.


El director neoyorkino (co-creador de la teleserie "Felicity", a cuya protagonista Keri Russell repesca aquí en un rol de mediana importancia) se toma su tiempo para presentar la sociedad de los simios y el destacado papel que Caesar juega en ella. Desde el prodigioso arranque, deudor tanto del segmento prehistórico de "2001: una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick como de los apuntes pseudo-documentales del "Apocalypto" de Mel Gibson, la identificación del espectador con el primate protagonista es total. La intromisión en este atávico equilibrio de un elemento tan poderoso como el miedo al otro (el ser humano, en este caso, aunque es inevitable sustraer de todo esto una lectura geopolítica tristemente actual) pondrá en jaque los principios elementales en que se sustenta la civilización simia. El desmoronamiento del reino de Caesar es un reflejo (simplificado, sí, pero dolorosamente obvio) del devenir intrínseco a toda sociedad humana; una alegoría animal tan contundente como lo fue en su momento la sublevación agraria de George Orwell. Al igual que en el clásico literario de 1945, "Rebelión en la granja", la evolución social de los animales protagonistas los acerca inexorablemente a posturas peligrosamente humanas. El mensaje no podría ser más pesimista: una creciente complejidad socio-política genera luchas de poder y derramamiento de sangre. Cuando dos culturas, dos ideologías, dos pueblos coinciden en el mismo palmo de tierra, la respuesta instintiva, el impulso más básico, es aplastar al otro. Morir, matar y morir matando.


Aunque este planteamiento no es en absoluto novedoso, la forma en que se articula desde el punto de vista dramático me parece ejemplar. Todos los personajes implicados en "El amanecer del Planeta de los Simios" tienen razones de peso para actuar del modo en que lo hacen. Su progresión es tan lógica como, en realidad, humana. Incluso el gran villano de la función tiene sus motivos, perfectamente comprensibles, para tomar las decisiones que desembocarán en el clímax final de la cinta: una batalla urbana espléndidamente coreografiada que en ningún momento antepone los alardes pirotécnicos al interés emocional del relato. No se puede afirmar que la cinta firmada por Reeves sea precisamente cine de autor, pero sin duda es bastante más contenida, reflexiva y conmovedora que el típico blockbuster hipervitaminado de la temporada estival. Valorándola además como secuela, "El amanecer del Planeta de los Simios" entra por méritos propios en la selecta categoría de segundas partes que expanden, enriquecen y superan a sus predecesoras, en la liga de hitos como "El imperio contraataca", "El mito de Bourne" o "El caballero oscuro".


De forma absolutamente coherente, el final de la película deja una puerta abierta a una tercera entrega que aterrizará en las salas (si todo va bien) en dos o tres años, y el nombre de Matt Reeves aparece de nuevo vinculado al proyecto desde sus primeras fases creativas. Si éste es el camino a seguir, por mí como si continúan haciendo películas del Planeta de los Simios hasta que conozcamos a las tataranietos de Caesar.