martes, mayo 21, 2013

Todas las fiestas del ayer

No sabría decir si la consideración más o menos generalizada de que “El gran Gatbsy” de Francis Scott Fitzgerald es una de las mejores novelas del siglo XX es merecida. Yo la leí hace unos meses a tenor de la entonces aún futura versión fílmica a cargo de Baz Luhrmann, por esa manía personal de no permitir que una adaptación cinematográfica me estropee el disfrute de un clásico literario. Se deduce de esto, claro, que tampoco conozco los otros Gatsbys interpretados por Alan Ladd y Robert Redford.


Intentando ser breve, de la novela puedo decir que me pareció un librito primorosamente escrito, aunque algo aburrido por momentos. No sé si fue el hecho de intercalarlo entre tomo y tomo de la monumental “Los Miserables” de Victor Hugo o simplemente que tardé demasiado en conectar con esa alta sociedad neoyorkina frívola e inconsciente que lo protagoniza, pero lo cierto es que sólo en sus últimos compases me sentí realmente inmerso en la narración y conseguí encariñarme con ese triste Trimalción llamado Jay Gatsby.

Sobre el nuevo film de Luhrmann, siendo un poco más extenso, puedo decir que es la manifestación definitiva del luhrmannismo, para lo bueno y para lo malo.


El realizador de “Moulin Rouge!” siempre ha sabido rodearse de repartos atractivos para el espectador, y “El gran Gatsby” no es la excepción: Tobey Maguire (el Peter Parker/Spider-Man de Raimi, pero también el protagonista de “Las normas de la casa de la sidra” y “Jóvenes prodigiosos”) encarna a Nick Carraway, un joven aspirante a escritor que se traslada a Nueva York para probar fortuna como vendedor de bonos. Al llegar a la ciudad conocerá una insólita vida de lujo y vanidad en el matrimonio formado por su prima segunda Daisy (Carey Mulligan, rostro femenino de moda tras su participación en “An education”, “Drive” y “Shame”) y el marido de ésta, Tom Buchanan (Joel Edgerton, visto en “La noche más oscura” y en la fascinante “Warrior”). Esta percepción de la riqueza y sus posibilidades quedará sin embargo eclipsada por las bacanales sin medida que cada noche se celebran en casa del vecino de Nick en el West Egg: el misterioso Jay Gatsby interpretado por un superlativo Leonardo DiCaprio, estrella absoluta de la función que a estas alturas no necesita presentación (o eso creía yo hasta que, comenzados los créditos finales, dos señoras sentadas a nuestra derecha en el cine se preguntaron: “DiCaprio era Jay, ¿no?”).


El romance trágico ideado en 1925 por Fitzgerald se convierte en manos de Luhrmann en una celebración del exceso amenizada y en ocasiones engullida por una banda sonora tan ecléctica y extemporánea como su realizador ya nos tiene acostumbrados: de Jay Z a The XX pasando por Florence + the Machine o Lana del Rey, e incluyendo versiones insólitas de canciones célebres como esa “Crazy in love” cantada por Emeli Sande en compañía (o eso parece) de los músicos de la cantina de Mos Eisley. Es una decisión arriesgada que entusiasmará a unos y horrorizará a otros, pero que comulga plenamente con los pilares autorales sobre los cuales el realizador australiano ha ido construyendo su filmografía.


Su narrativa barroca y exhibicionista engulle presupuesto de producción en cada vertiginoso y gratuito movimiento de cámara, amenazado por la textura digital de unos años 20 infográficos que lucirán ridículamente viejos dentro de una década. Decía Oscar Wilde que no hay “nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado”. Ése es mi pronóstico para el cine de Luhrmann; del que sobrevivirán, sin embargo, sus agradecidos apuntes cómicos (la escena del reencuentro entre Jay y Daisy es un éxito, aunque el mérito lo tiene en su mayor parte el estupendo trabajo actoral) y el calado trágico de algunos de sus personajes. Cuando “El gran Gatsby” se olvida de epatar al espectador con su epiléptico frenesí videoclipero y se centra en los sentimientos de su atormentado protagonista, la película consigue ofrecer emociones auténticas con las que uno puede empatizar. El resto del tiempo, que es mucho (140 minutos que podrían haber sido 100 perfectamente), no es más que un carísimo carnaval que postula a Luhrmann como el idóneo organizador del próximo desfile del día del orgullo gay.

Resulta curioso que una cinta tan fiel al texto original de Fitzgerald haya caído en el mismo error que los personajes que la habitan: celebrar una enorme orgía de ruido y furia que oculte las verdaderas intenciones del corazón humano.

lunes, mayo 13, 2013

Oscuros ritos de madurez

Siguiendo la estela de realizadores asiáticos como Wong Kar Wai o Hideo Nakata, que debutaron en sus respectivos países de origen para dar luego el salto al mercado angloparlante, y dado el éxito global de sus trabajos previos (especialmente “Old Boy”, una de mis películas favoritas del siglo XXI), parecía inevitable que la industria estadounidense acabase tentando al cineasta surcoreano Park Chan-wook con un proyecto protagonizado por estrellas de proyección internacional. Personalmente, un servidor jamás habría imaginado mientras veía “Sympathy for Lady Vengeance” que una actriz como Nicole Kidman acabaría poniéndose un día a las órdenes de un director con un sentido tan personal de la estética, la narrativa postmoderna y la lírica de la violencia. Pero hete aquí que “Stoker”, la cinta con la que el protagonista de la serie “Prison Break”, Wentworth Miller, debuta como guionista (otra noticia inesperada, sin duda), supone el desembarco de Park en Hollywood a través de la productora Scott Free (fundada por Ridley Scott y su difunto hermano Tony) y la distribuidora Fox Searchlight (filial indie de la 20th Century ídem).


Había una inmensa curiosidad, al menos por mi parte, en descubrir si este cambio de latitud supondría una rendición por parte de Park al conservadurismo y la mansedumbre de los estándares norteamericanos de cine comercial. No ha sido así, por suerte, y “Stoker” no solamente conserva la desbordante capacidad creativa de su artífice en términos estrictamente plásticos, sino también su predilección por la violencia física y psicológica, las atmósferas malsanas y la alegre transgresión de una buena cantidad de tabúes sociales. Tal vez no al nivel de algunos de sus films previos, pero sí lo suficiente como para considerar esta nueva película una rara avis dentro del panorama cinematográfico USAmericano.


El argumento del film presenta a India Stoker, una introvertida adolescente con una amplificada percepción sensorial del mundo que sufre la muerte de su padre en un accidente de tráfico en el día de su decimoctavo cumpleaños. La tragedia propiciará la aparición en la casa familiar, que ahora India comparte sólo con su madre y el ama de llaves, de un misterioso tío cuya existencia desconocía hasta la fecha. A medida que este inesperado nuevo miembro del clan Stoker se vaya integrando en el día a día del desestructurado núcleo familiar, India comenzará a formularse ciertas preguntas incómodas acerca de su árbol genealógico y de su propia naturaleza.


Pese a lo manido del planteamiento inicial, el clásico psycho-thriller con “el enemigo en casa” que tantas veces hemos padecido en las sobremesas de fin de semana de las cadenas de televisión nacional, Park se alía con su habitual director de fotografía Chung Chung-hoon y con el espléndido compositor Clint Mansell (seguro que has escuchado esto un centenar de veces) para tomar esta sinopsis propia de un vulgar telefilm de Antena 3 y darle alas audiovisuales que la eleven hasta el firmamento. Hay tanto que celebrar en la caligrafía visual de Park, en su atrevido uso de los recursos de montaje y sonido y en sus deliciosas transiciones entre plano y plano, que al final del film uno apenas consigue recordar los numerosos convencionalismos en los que cae el libreto de Miller de tanto en tanto. “Stoker” es previsible, sí, y casi nunca (o nunca, directamente) verosímil, pero la potencia cinematográfica con que el realizador de “Thirst” y del segmento más extremo de Three... extremes envuelve esta oscurísima fábula sobre los ritos de madurez (con ecos de “Carrie”, “Dexter” e incluso del cine de David Cronenberg) justifican no sólo el precio de la entrada, sino también su condición inmediata de película de culto dispuesta a dividir visceralmente al público. El cómo devora completamente al qué, pero también mastica y deglute las expectativas del espectador en cada nuevo plano y escena, hipnotizando por completo al respetable y encadenando 100 fugaces minutos repletos de hallazgos formales e instantáneas para el recuerdo. Qué demonios: ya sólo por la sublime escena del dueto al piano merecería la pena la existencia de esta película.


Si a todo ello le sumamos una acertada selección de temas musicales (desde el gran Philip Glass hasta la no-menos-grande Nancy Sinatra) y un trabajo actoral de relumbrón, destacando por encima de Kidman y del algo afectado Matthew Goode (inapropiado Ozymandias en el “Watchmen” de Zack Snyder) la poderosa interpretación de mi admirada Mia Wasikowska (“En terapia”, “Alicia en el País de las Maravillas”, “Jane Eyre”), obtendremos uno de los platos cinéfilos más estimulantes del presente 2013, pese a que no vaya a ser del gusto de todos los paladares.

Es lo que tiene la comida exótica.

domingo, mayo 12, 2013

El rockero tímido

Siguiendo el camino más largo y difícil, el del esfuerzo constante y el “paso a paso”, Quique González ha ido convirtiéndose a través de los años en uno de los cantautores más respetables y honrados del panorama nacional. Sin hits especialmente reconocibles, completamente ajeno al glamour y la pose de otras figuras del pop-rock que lucen más por el embalaje que por el contenido del paquete (no, cochinos, no ese paquete), el madrileño ha sabido ganarse a un público muy fiel y cada vez más numeroso tirando únicamente de talento y determinación.


Durante los quince años transcurridos desde su debut en “Personal”, Quique González ha ido alejándose de la figura del músico intimista en solitario bajo lo focos al estilo de Antonio Vega o los hermanos Urquijo para caer en el terreno más rockero de Ryan Adams y el Bob Dylan eléctrico. Su octavo larga duración, el reciente “Delantera mítica”, viene a confirmar su adscripción cada vez más evidente al sonido americana (la mención a Neil Young no es baladí), tirando de instrumentistas estadounidenses para su grabación en los mismos estudios de Nashville, Alex the Great, en los que ya había registrado su inmediatamente anterior “Daiquiri Blues”. Esta evolución, inmensamente positiva a oídos del abajo firmante, se traduce en una integración más satisfactoria entre música y letras, ganando protagonismo el aspecto puramente instrumental y permitiéndose ahora momentos tan brillantes como el solo final de “Tenía que decírtelo”, excelente single de presentación de este último LP.

“Delantera mítica” me parece el disco más redondo de Quique González, aunque eso no implique necesariamente que estos nuevos 11 temas (12 si contamos la traducción directa del “Is your love in vain” de Dylan como corte extra) sean los mejores de su cancionero. Pero como conjunto, ya digo, posiblemente el cantante y guitarrista se haya acercado más que nunca a su techo artístico… y eso que “Daiquiri Blues” ya era un soberbio trabajo de madurez. Ayuda también, en mi caso, esa lírica cada vez más directa, menos pendiente del recurso estilístico de turno y más cercana a mi universo personal en sus referencias extra-musicales: la clase de guiños que le llevan a uno a esbozar una sonrisa cómplice (desde “el gol de Iniesta” hasta “la botella de Jimmy McNulty”). Nada que lamentar, entonces, al comprobar el pasado viernes en la sala La Riviera de Madrid que son estos dos últimos discos los que acaparan la mayor parte del setlist en la gira con la que el músico y su nueva banda recorren actualmente la geografía española.


Con una sobria puesta en escena (con una jaula colgante conteniendo una pantera de atrezzo como único destello de excentricidad) y sin dilatar el concierto con profusiones retóricas, el humilde e incluso tímido Sr. González va directamente al grano desde el minuto uno y llena dos horas de música con canciones prácticamente inéditas en los turbios dominios de la radiofórmula, pero que suenan como auténticos grandes éxitos a oídos de sus fieles. Pasadas por el filtro de su sonido actual, pedradas injustamente desconocidas para el gran público como “La ciudad del viento”, “Miss camiseta mojada”, “Vidas cruzadas”, “Salitre” o el inevitable himno de clausura “Y los conserjes de noche” fueron coreadas por una platea entregada que acudía, en su mayoría, con la lección aprendida.

Reconozco que no fue un concierto especialmente sorprendente, más allá de la aparición sobre el escenario de la vocalista Zahara para interpretar a dúo, y con mucho encanto, las canciones en las que precisamente ya colaboraba en el disco (“Me lo agradecerás” y “Las chicas son magníficas”). Que igual suena un poco obvio, pero yo no me lo esperaba. Por lo demás, un servidor ya había visto a Quique en concierto dos veces en el pasado y las expectativas estaban bastante ajustadas a la satisfacción finalmente obtenida. Lo cual no es en absoluto un demérito. Y, para mi propio orgullo personal, siempre me quedará la satisfacción de saber que una de mis acompañantes, que en su vida había escuchado una sola canción firmada por el autor de “Kamikazes enamorados”, salió del concierto convertida en una fan confesa.

Supongo que ésa es la mejor lectura que se puede hacer del trabajo actual de Quique González: es difícil escucharlo y no quedarse prendado de él.

jueves, mayo 09, 2013

Colaboraciones con ECC Ediciones: "The Unwritten #7" y "Punk Rock Jesus"

Publicado el listado de novedades de ECC Ediciones para el mes de junio, toca por mi parte llamar la atención sobre la aparición de dos tebeos que cuentan con un texto de cierre firmado por un servidor. Se trata, por un lado, de la segunda parte de “Tommy Taylor y la Guerra de las Palabras”, séptimo volumen recopilatorio de la estupenda (y me temo que infravalorada) serie regular “The Unwritten”, escrita por Mike Carey y dibujada por Peter Gross para el sello Vertigo: un volumen que marca un antes y un después en la odisea meta-literaria de Tommy Taylor y sus compañeros de aventuras.

 
Por otro lado, se publica la miniserie autoconclusiva “Punk Rock Jesus”, escrita y dibujada por Sean Murphy (“Joe el bárbaro”, “American Vampire: Selección Natural”), quien se descubre aquí como un autor completo muy a tener en cuenta, capaz de mezclar con acierto la crítica a los mass media con el fanatismo religioso, el terrorismo independentista, la angustia adolescente y la música combativa. Tanto es así que me atrevería a decir que, con permiso de la superlativa última entrega de “Scalped” (el que fuera mi tebeo favorito de, al menos, los últimos dos años), “Punk Rock Jesus” es el comic que más me gusta de cuantos han contado hasta la fecha con una de mis colaboraciones para la editorial que ostenta los derechos de DC Comics y su sello Vertigo en nuestro país.

Ciudadano Stark

Que a estas alturas del negocio super-heroico una película pueda dividir tanto a su público objetivo como lo ha hecho “Iron Man 3” no puede entenderse sino como un éxito. Un éxito no sólo comercial, pues el film va camino de ser uno de los grandes taquillazos del año en curso, sino también un triunfo de cara a la percepción popular, porque la tercera ¿y última? entrega de las aventuras en solitario del vengador dorado ha conseguido generar reacciones de lo más polarizadas en el termómetro más fiable para medir la percepción del público: internet.
"Metamos todo lo que quepa": un clásico de los carteles para blockbusters.

La arrolladora repercusión generada por “Los Vengadores”, cinta que logró contentar a (casi) todo el mundo, ponía el listón por las nubes de cara a un cierre de trilogía cuya responsabilidad pasaba de las competentes (aunque despersonalizadas) manos del actor/director Jon Favreau a las del semi-debutante guionista/director Shane Black, cuyo único título como realizador hasta el momento había sido la comedia neo-noir de culto “Kiss Kiss Bang Bang”. Black, no obstante, gozaba de cierto reconocimiento en la industria audiovisual tras haber firmado los libretos de la saga “Arma letal” y de otros films de acción con chispa como “El último boy scout” y “El último gran héroe”, y su elección de cara a dotar a la franquicia protagonizada por Robert Downey Jr. de una cierta personalidad autoral (por restrictivas que sean las directrices que un gran estudio como Disney/Marvel pueda imponer a sus carísimos proyectos cinematográficos) bien podría ser un eco del “efecto Whedon” que tan bien sentó a la puesta de largo del super-grupo marvelita.

Pose molona ligeramente gratuita.

Vista la frialdad generada por “Iron Man 2”, cinta que encuentro más entretenida que la mayoría de mis conocidos pero que no dejaba de ser un puente demasiado evidente entre la primera entrega y la aventura conjunta de los Héroes Más Poderosos de la Tierra, parecía evidente que lo que la saga del hombre de hierro (no confundir metales, por favor) necesitaba eran ideas frescas y un poco de pensamiento “outside the box”, como dicen los yankis. Ha sido precisamente este salirse de lo establecido lo que ha encolerizado a buena parte del fandom, indignada (que hay que ver las cosas por las que se indignan algunos habida cuenta de la coyuntura socio-político-económica en la que nos encontramos) con algunos giros de guión que traicionan los casi 50 años de andadura editorial del personaje.

Tony Stark pasa más tiempo fuera que dentro de la armadura. Qué más da: funciona.

Así, la web se inunda estos días con las quejas del talibán marvelita que lamenta el escaso tiempo en pantalla en que vemos enfundado en la armadura metálica que da título al film a Tony Stark (pletórico Downey Jr., encarnando por tercera vez a un personaje que ya nadie se imagina con otro rostro). También se queja este mismo marvel zombie del juego de engaños profundamente nolaniano (de Nolan, Christopher, a.k.a. el-tipo-que-logró-que-olvidases-al-Batman-de-Schumacher) al que el villano de la función, un iconoclasta Mandarín encarnado por el siempre espléndido Ben Kingsley, somete al héroe protagonista. Argumenta el geek al-pie-de-la-letra que al científico/filántropo/millonario/playboy no le sienta bien la angustia existencial derivada de su traumática experiencia en los apocalípticos compases finales de “Los Vengadores”, para al segundo siguiente arremeter contra la ligereza cómica que “Iron Man 3” destila durante la mayor parte de su metraje.

El Mandarín. Pero no como te lo habías imaginado.

Pataletas todas del mismo fan caprichoso que en su día arremetió contra la telaraña orgánica del “Spider-Man” de Raimi o el destino trágico de cierto telépata de nivel omega en la fallida “X-Men: la Decisión Final”, pasando por alto que aquellos films (y muchos otros susceptibles de no respetar al 100% las siempre contradictorias y habitualmente inadaptables cinco décadas de continuidad marvelita) no eran buenas o malas películas por detalles menores que poco tenían que ver con su auténtica calidad cinematográfica. La fidelidad puede ser una losa tan pesada, o más, que la flexibilidad a la hora de adaptar un material ficticio preexistente; y si no que se lo digan a Robert “Sin City” Rodríguez o a Zack “Watchmen” Snyder.

Guy Pearce, actor infravalorado donde los haya, le quiere robar la chica a Tony. O no.

“Iron Man 3” es una patada en la boca del aficionado que espera una traducción literal a la pantalla de las viñetas de los Kirby, Romita Jr. o Granov que a lo largo de los años han contribuido a engrandecer la mitología que rodea al personaje. De hecho, su deuda no es tanto hacia los tebeos de los que provienen Tony Stark y su álter ego metálico como hacia las dos entregas precedentes, que sentaron un tono que tampoco estaba en los comics (al menos no en la continuidad oficial o Tierra 616) y, sobre todo, a una forma de entender el cine de entretenimiento que va de las buddy movies al estilo “Límite: 48 horas” hasta el cine de espías desenfadados alla “Mentiras arriesgadas”, pasando por la pirotecnia de videojuego de la inevitable referencia vengadora.

Don Cheadle interpreta una vez más a James "Máquina de Guerra" Rhodes. Entonces... ¿por qué no sale Máquina de Guerra?

Que un producto de este estilo contenga el doble de ideas, él solito, que sus dos entregas precedentes juntas, ya me parece digno de cierto reconocimiento. Dichas ideas gustarán más o menos a cada espectador dependiendo de su predisposición a aceptar por buenas las transgresiones perpetradas por Black y su colaborador literario Drew Pearce (presente también en los créditos de la inminente y muy prometedora “Pacific Rim” de Guillermo del Toro), pero es indudable que el esfuerzo creativo invertido en esta “Iron Man 3” va más allá del mero estiramiento del chicle super-heroico, y que esta capacidad para tomar riesgos aún a costa de las expectativas del talifán puede ser la mejor noticia de cara a la Fase 2 del macro-proyecto cinematográfico de la Marvel.

Tony Stark fuera de la armadura otra vez. Sigue funcionando: viva y bravo.

Porque al final lo que realmente importa en una película de este tipo, que no aspira a ampliar los límites conceptuales del Séptimo Arte ni a arrasar en el circuito de festivales de cine independiente (para qué, si Downey Jr. ya participó en una cinta galardonada con el premio del Mono Llorón del Festival de Beijng), es que ofrezca dos horas de entretenimiento sin complejos, humor socarrón para todas las edades y escenas de acción que justifiquen la desorbitada inversión económica realizada por la productora. “Iron Man 3” ofrece eso y quizás incluso más: la sensación de que los guionistas no se han dejado todo el cerebro fuera del despacho donde se ha dado forma a la nueva línea de figuritas de acción, se han establecido las fases del videojuego oficial y (oh, vaya) se ha decidido el contenido narrativo del film.

¿El fin?

No es el “Ciudadano Kane” de los super-héroes, pero a mí personalmente me llega con que sea ella misma y no aspire a nada más: Ciudadano Stark.

lunes, abril 29, 2013

¿A qué huele Terrence Malick?

Que Terrence Malick se merece su propio celebrities de Muchachada Nui es algo que me parece indiscutible.

Errático, místico y más alérgico a las comparecencias públicas que J.D. Salinger, el realizador de “La delgada línea roja” es uno de los personajes más curiosos del cine actual, y uno de los directores de culto que más dividen a la platea. No hay más que echar un vistazo al recibimiento que unos y otros profesaron a su película más ambiciosa hasta la fecha: la densa, poética y pretenciosa hasta el paroxismo “El árbol de la vida”. Cinta que a mí, dicho sea de paso, me pareció en su día un melocotonazo cinematográfico de primera categoría.
 

Contra todo pronóstico, pues el hombre es capaz de pasarse décadas sin estrenar película sin que eso parezca preocuparle lo más mínimo, Malick regresa a la cartelera menos de dos años después de su arbórea odisea cósmico-metafísica con un título que engrandecerá más todavía el abismo que separa a sus apologistas de sus detractores: “To the wonder”.


El nuevo film reproduce a pies juntillas el libro de estilo del cineasta, plagando sus dos horas de duración de profundos monólogos interiores, planos de gente de espaldas a cámara caminando hacia la línea del horizonte y bellísimas piezas de música clásica en sinergia con un trabajo de fotografía apabullante. Que de ahí salga una buena película ya es otro cantar.


En un arriesgado ejercicio de libertad creativa (o de soberbia, según se mire), el bueno de Malick decidió escribir el libreto de “To the wonder” durante el proceso de montaje del film, añadiendo tantas líneas de voz en off como fuese preciso para verbalizar aquello que sus imágenes pretenden transmitir al espectador. Quizás así se explique la sensación generalizada de que los intérpretes nunca sepan realmente qué demonios están haciendo y por qué. La pluscuamperfecta Olga Kurylenko, habitualmente resignada a papeles en los que sólo importa su cara bonita, da vida con convicción a una joven madre francesa que reencuentra el amor en un técnico medioambiental estadounidense encarnado por el torpe e inexpresivo Ben Affleck, flamante ganador del Oscar a mejor película por la efectiva (aunque sobredimensionada) “Argo”. Rachel McAdams y Javier Bardem también aparecen un rato en pantalla, y su presencia se me antoja tan desaprovechada que me cuesta recordar qué pintaban sus personajes en todo esto.


Dirán los defensores del film que “To the wonder” trata sobre la naturaleza esquiva y caprichosa del amor en sus múltiples facetas: amor de pareja, amor de madre (sí, como el tatuaje), amor a Dios. No deja de ser cierto, pero lamento decir que a mí la película sólo me ha despertado un pequeño atisbo de síndrome de Stendhal (algo que hasta la fecha Malick siempre había conseguido transmitirme plenamente en cada uno de sus films) en sus primeros compases, cuando su innegable impacto audiovisual no había sido engullido aún por una de las propuestas cinematográficas más pedantes y soporíferas que recuerdo haber visto en un cine en mucho tiempo (Isabel Coixet aparte). “To the wonder” me ha parecido larga y reiterativa; un ejercicio estético primoroso al servicio del más absoluto vacío narrativo, camuflado bajo las reflexiones pseudopoéticas de un cineasta convencido de su propia infalibilidad.

Un auténtico coñazo, vaya.

lunes, abril 08, 2013

De Liefeld a Moebius pasando por Burroughs

Hace dos décadas, varios de los dibujantes más sorprendentemente sobrevalorados de la industria norteamericana del comic se plantearon abandonar el seno de las grandes editoriales, a las que acusaban (con razón) de lucrarse con el trabajo de unos creadores a los que se habían negado durante décadas los derechos de explotación de sus creaciones. Tipos con las escasas aptitudes artísticas de Todd McFarlane, Jim Lee o Marc Silvestri, auténticos superventas en una época en la que cabeceras como “Spider-man” o “X-Men” llegaron a imprimir hasta un millón de ejemplares (para que os hagáis una idea, el “Justice League of America #1”, publicado en febrero de este año, alcanzó los 307.734 ejemplares y fue el comic más vendido de DC Comics en el presente siglo) fundaron entonces una nueva editorial, Image Comics, en la que cada uno sería amo y señor de sus obras, sin más cortapisas creativas que las que sus (limitados) talentos les impusiesen. Image Comics fue un absoluto desastre en términos cualitativos, al menos en sus primeros años de vida, pero generó un sanísimo movimiento de reivindicación de los autores por encima de las editoriales sin el cual no podríamos entender el actual panorama editorial USAmericano. Al césar, pues, lo que es del césar.

Lección de anatomía: portada del número 1 de "Prophet" dibujada por Rob Liefeld.

Dentro de esta desbandada de dibujantes-estrella que acabaría dando lugar a Image Comics siempre ha destacado la polémica figura de Rob Liefeld: para unos, el peor dibujante mejor pagado de todos los tiempos; para otros (vale, para ADLO), poco menos que un dios. Cuando Lifeld abandonó sus responsabilidades en Marvel Comics como guionista y dibujante de la cabecera “X-Force” y pudo por fin hacer lo que le diese la real gana en su propio sello editorial, se dedicó a crear una versión paramilitar de (por supuesto) “X-Force” llamada “Youngblood” en la que seguir haciendo exactamente lo mismo que hacía para la Marvel pero ganando mucha más pasta (por eso de minimizar los intermediarios y reducir al máximo el organigrama empresarial). En el segundo número de “Youngblood” hizo su aparición un personaje llamado John Prophet que resultaba ser un super-soldado de la II Guerra Mundial que había permanecido en un sueño criogénico durante décadas hasta que los protagonistas lo despertaban así como por casualidad (y tal). Sé lo que estáis pensando: cualquier parecido con algún conocido super-héroe de Marvel Comics es pura coincidencia. Por razones poco claras, el hipertrofiado Prophet contó en su momento con una serie regular a cargo del propio Liefeld que no superó los 11 números, y posteriormente con otra nueva aventura guionizada por Chuck Dixon que logró alcanzar los 8 episodios. Lo último que se supo de él fue un one-shot publicado en el año 2000. Valiente carrera para un personaje de papel.

Portada del número 23 de "Prophet" (número 3 del relanzamiento, en realidad) dibujada por Simon Roy.

¿Por qué os cuento esto ahora? Básicamente porque hace unas semanas se publicó en nuestro país, de la mano de Aleta Ediciones (los mismos que me alegran la vida con la traducción a la lengua de Cervantes del “Invencible” de Robert Kirkman), el primer volumen recopilatorio del relanzamiento de “Prophet” a cargo del guionista Brandon Graham y un equipo rotativo de personalísimos dibujantes. Y he aquí el hecho por el cual los dos primeros párrafos de esta entrada han sido los 3 minutos y medio peor invertidos de tu vida: más allá del nombre y de algunos ligerísimos rasgos en el diseño de su protagonista, el “Prophet” de Graham no tiene ABSOLUTAMENTE NADA que ver con la versión de Liefeld. Ja. Pringao.

Página de "Prophet" dibujada por Simon Roy.

Lo que el autor de “King City” nos plantea en esta renovada aproximación al personaje es una space opera con ecos de Edgar Rice Burroughs plagada de planetas desérticos y criaturas imposibles en la que un irreconocible John Prophet despierta de su letargo para, de alguna manera todavía por descubrir, “devolver a la vida al dormido Imperio Terrestre” (cito textualmente). Que la fauna y las localizaciones en que se enmarca la acción sean un homenaje constante al espíritu que impregnaba en los años 80 la revista francesa “Métal Hurlant” (con el impagable Moebius a la cabeza) y que sus diferentes ilustradores (Simon Roy, Farel Dalrymple, Giannis Milonogiannis y el propio Graham) sean artistas con una personalidad visual bien definida suponen el mayor atractivo de una serie sin aparente rumbo fijo, en la que es muy difícil saber qué demonios se nos quiere contar.

Página de "Prophet" dibujada por Farel Dalrymple.

Leyendo este nuevo “Prophet” tengo sensaciones muy parecidas a las que me generó en su momento el manga “Blame!” de Tsutomu Nihei. A saber: todo esto mola mucho, me entra por los ojos de maravilla y parece que algo realmente grande se está cociendo… pero no me entero de nada. Así que hasta cierto punto puedo entender la algarabía con la que otros bloggers están recibiendo esta colección; porque sí, hay cosas que celebrar en este “Prophet”, empezando por su frescura y su chorreo constante de conceptos fantásticos. Pero también soy consciente de que este cripticismo dramático es insostenible durante mucho más tiempo, y que si el próximo recopilatorio no me ofrece algo a lo que agarrarme (desde el punto de vista argumental), no dudaré en aparcar la colección indefinidamente a la espera de descubrir (por boca de otros) si al final Graham realmente tenía algo que contar o nos estaba tomando el pelo como tantos otros lo han intentado antes.

Doble página de "Prophet" dibujada por Brandon Graham.

Para guiones dudosos, dibujos bonitos y paisajes alienígenas ya tengo la colección monográfica dedicada a los trabajos del propio Moebius en “Métal Hurlant” que Norma Editorial está publicando ahora mismo, y de la cual me faltan un montón de títulos. Los sucedáneos, por atractivos que se presenten, van a tener que currárselo más si no quieren quedarse en la cuneta.

miércoles, abril 03, 2013

Madera y oro

Dickens no lo llamaba hype, pero en el fondo viene a ser lo mismo: las grandes expectativas son un arma de doble filo. Más aún cuando se depositan en el trabajo de un debutante.

Aparentemente salido de la nada hace un par de años, Woodkid llamó inmediatamente la atención del mundillo musical con un primer EP, “Iron”, cuyo tema titular acompañó a un spot publicitario del conocido videojuego “Assassin’s Creed: Revelations”. El single contó además con un espectacular videoclip dirigido por el propio músico que dio la vuelta al ciberespacio, generando las primeras (y justificadas) alabanzas. De ahí a descubrir que tras el seudónimo de Woodkid se encontraba el realizador publicitario y de videoclips Yoann Lemoine (ganador de múltiples premios en el Festival de Publicidad de Cannes por una ingeniosa campaña de prevención contra el SIDA titulada “Graffiti”) sólo había un clic de ratón.


Pese a la polvareda virtual levantada con este primer EP, Woodkid se tomó su tiempo, concretamente hasta mayo de 2012, antes de volver al asalto con un nuevo single, “Run Boy Run”, que certificaría no sólo sus habilidades como creador de hits, sino también la posesión de un imaginario audiovisual propio que unificaba su obra. La canción es magnífica, pero escuchada junto a las espectaculares imágenes en blanco y negro de su videoclip adquiere una dimensión épica sobrecogedora. Por consiguiente, cuando Woodkid anunció que su primer larga duración, “The Golden Age”, estaría en la calle a finales de año, muchos nos frotamos las patitas cual mosca de la fruta esperando la consagración definitiva de un artista multidisciplinar que prometía entrar en el mundo de la música por la puerta grande. Los retrasos en el calendario de publicación no hicieron sino recrudecer el hype, multiplicado por el lanzamiento de otro single (y otro vídeo) para enmarcar, “I love you”, y para cuando el disco finalmente aterrizó en las tiendas (y en los discos duros) de medio mundo, a mediados de marzo de este año, mis dientes ya arañaban el parquet del salón de casa.


Pero las expectativas, como decía, son un arma de doble filo. Y esperar poco menos que la segunda venida de Cristo del primer LP de un debutante es una asunción tan irracional como injusta. “The Golden Age” es un disco notable; uno que sin duda merece la pena escuchar. Pero también una travesía cuyas cumbres nos eran ya conocidas, y cuyos valles resultan a veces un paisaje más desértico de lo esperado. “The Golden Age” funciona mejor en pequeñas dosis, en temas como el titular (a la altura de los singles publicados con anterioridad) o los también espléndidos “Ghosts Lights” y “Conquest of Spaces”. Pero sus casi 50 minutos de épica y tamborrada acaban haciéndose algo repetitivos a medida que el tracklist avanza, acusándose la falta de recursos de Woodkid cuando sus composiciones vuelan más bajo y sólo el piloto automático de la grandilocuencia (coros, vientos, cuerdas y percusión a mansalva) puede encubrir la sencillez de canciones como “Stabat Mater” o la intrascendencia de interludios instrumentales que poco aportan al conjunto. La voz de Lemoine, de una tesitura similar a la de Antony Hegarty pero carente del amplio registro de aquél, es otro de los puntos de conflicto: competente y personal, sí, pero quizás insuficiente para cargar con el papel solista durante todo un LP.


A estas alturas, que en un álbum con 14 cortes encontremos 6 ó 7 realmente jugosos es casi una bendición, pero debo reconocer que esta vez las esperanzas desmedidas han jugado en contra de un disco que, habiendo llegado a mis oídos sin aviso previo, tal vez habría conseguido ganarme totalmente para su causa. De todos modos, esos mismos 6 ó 7 temazos son razón más que suficiente para dejarse conquistar por el Chico de Madera y su Edad Dorada.

Quién sabe: quizás su próximo disco sí sea la segunda venida de Cristo.

miércoles, marzo 27, 2013

Almodóvar como puedas*

* Menuda mierda de juego de palabras, ¿no?

No estoy muy seguro de hasta qué punto es merecido o no el prestigio internacional de Pedro Almodóvar. Perdón: Pedro Almodóvar. Ni he visto todas sus películas ni creo que todas las que he visto sean especialmente brillantes. Lo que no puede negársele es su consideración de autor; de creador con un libro de estilo tan personal como reconocible y, más importante aún, difícilmente replicable. Lo cual conlleva viscerales adhesiones y rechazos, claro, como sucede también en los casos de Quentin Tarantino, los dos Anderson (Paul Thomas y Wes; a Paul W. ni me lo mentéis si no es para hablar de “Horizonte final”), Terrence Malick o David Lynch (por citar a algunos de mis favoritos).


La última travesura del realizador español, “Los amantes pasajeros”, es una pequeña comedia ubicada en la cabina de un avión que despega de Madrid con destino a México. Allí, tanto la tripulación (una panda de maricas malas y supuestos heterosexuales con serias dudas sobre su orientación) como los pasajeros (viajeros circunstanciales que cargan con su propia historia personal) se verán enredados en una trama coral de equívocos lascivos regada con ingentes cantidades de alcohol, mescalina y mala baba.


Que al frente de un reparto plagado de rostros conocidos de la pequeña y la gran pantalla (nombres como Antonio de la Torre, Hugo Silva, Cecilia Roth, Guillermo Toledo, Miguel Ángel Silvestre, Blanca Suárez… y unos cuantos cameos de peso) se encuentren tres anfitriones con la arrolladora vis cómica de Javier Cámara, Raúl Arévalo y mi admirado Carlos Areces (da igual lo que haga, con este hombre me río SIEMPRE), es razón más que suficiente para disfrutar de los fugaces 90 minutos de este divertimento tan pasajero como su propio título.


“Los amantes pasajeros” es una película mamarracha por vocación, menos espontánea y transgresora de lo que presume, pero indudablemente divertida, al menos para el abajo firmante. El cambio de registro y la escasez de pretensiones respecto a la inmediatamente anterior “La piel que habito”, densa y oscura como pocas en la filmografía del manchego, inducen a pensar en un intento deliberado por parte del propio Almodóvar de no complicarse demasiado la vida y hacer una película de descompresión. Por suerte, no sólo el director de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” se lo pasa bien coordinando el despropósito, sino que consigue contagiarme esa emoción frívola a través de sus disparatados diálogos y sus libertinos protagonistas. Y todo ello sin perder de vista esos códigos estéticos y conceptuales que han hecho de su cine uno de los más reconocibles en el actual panorama cinematográfico. Sus altibajos de interés, sus subtramas predecibles, sus mínimas aspiraciones y su carácter estrictamente coyuntural (hablamos de una cinta que no podrá verse con los mismos ojos dentro de 10 ó 15 años, cuando Urdangarín, Camps y el aeropuerto de Castellón no sean más que otra muesca en la historia de corruptelas y desfalcos de la España democrática) la convierten en una obra claramente menor en la filmografía de Almodóvar, pero no por ello en un film que merezca caer en el olvido.


Parece claro, eso sí, que en nuestro país sólo a Almodóvar se le permitiría poner en pie este proyecto, y que a cualquier otro realizador con menos reconocimiento le habría resultado imposible reunir a semejante reparto, conseguir el visto bueno por parte de una productora cinematográfica para filmar este libreto y lograr el revuelo mediático que acompaña a todos y cada uno de los proyectos del oscarizado director. Y también, por supuesto, que “Los amantes pasajeros” aportará nueva munición a las incansables (aunque ya algo cansinas) batallas dialécticas entre los incendiarios detractores del manchego (con el Sr. Boyero a la cabeza) y sus (poco objetivos) defensores a ultranza.

Yo me quedo con el tupé de Areces y con el buen rato pasado en la sala de cine. Tampoco creo que aquí haya mucho más que rascar.

martes, marzo 19, 2013

El factor Kirkman

Robert Kirkman está en la cresta de la ola. En los últimos diez años ha pasado de auténtico desconocido a ser punta de lanza de la renovada editorial Image, demiurgo de su propia continuidad al estilo Marvel o DC (el universo Invencible, al que se adscriben no sólo las aventuras del super-héroe juvenil de idéntico nombre, sino también las de “El asombroso Hombre-Lobo”, “Tech Jacket” o “Brit”) y productor y guionista de la exitosa serie de televisión “The Walking Dead”, basada en su propio tebeo estrella. El secreto del éxito de Kirkman no se encuentra en el terreno conceptual: el tipo no es un iluminado al estilo de Alan Moore o Grant Morrison. Sus planteamientos, de hecho, parten de arquetipos vistos una y mil veces (un apocalipsis zombie al estilo George A. Romero o un super-héroe adolescente heredado de la escuela de Stan Lee y Steve Ditko) y apenas aportan novedades significativas en el terreno de las ideas. Tampoco destaca Kirkman por su habilidad para la transgresión formal. Más bien al contrario: sus tebeos son bastante convencionales en términos de narrativa y los colaboradores gráficos de que se rodea no pretenden inventar la rueda con atrevidas composiciones de página, sino que se ciñen a estándares clásicos que invierten en claridad expositiva a costa de audacia y experimentación. Diríase que Kirkman es eso que comúnmente se conoce como un guionista con oficio si no fuese porque sus obras mayores, lejos de ser correctas o entretenidas, son trabajos brutalmente adictivos y profundamente emocionantes, del modo más visceral que uno pueda imaginar.


Da la casualidad de que este mes de marzo tenemos en España una triple demostración de las virtudes del toque Kirkman. Mientras las pantallas de televisión dan la bienvenida a los compases finales de la tercera temporada de la teleserie “The Walking Dead”, llegan a las librerías españolas dos tebeos muy esperados por un servidor, y que suponen sendos puntos de inflexión en las colecciones que han hecho célebre al guionista de Kentucky: el volumen 17 de la edición de Planeta de Agostini de “Los Muertos Vivientes”, subtitulado “Algo que temer” y que incluye el tan cacareado capítulo 100 de la edición estadounidense, y el tomo 16 de “Invencible” publicado por Aleta, que recoge la muy anticipada “Guerra Viltrumita”.


Por el lado zombie nos encontramos con un arco argumental que recoge de un modo particularmente certero la esencia de las desventuras de Rick Grimes y sus camaradas supervivientes: soberbia caracterización de personajes, fascinante control de los tiempos dramáticos (ahora toca relajarse, ahora anticiparse a la fatalidad inminente, ahora sufrir por el trágico destino de los protagonistas) y una constante sensación de que no hay personaje a salvo ni límite infranqueable del horror (alcanzando niveles de violencia que jamás -repito, JAMÁS- se verán en su adaptación catódica). Con todo, últimamente algunos de sus antiguos apologistas han acusado a “Los Muertos Vivientes” de repetir esquemas y correr el riesgo de aburrir al lector. Nada más lejos de la realidad, al menos en mi caso: que una cabecera con más de 100 números a sus espaldas consiga ponerme los pelos de punta del modo en que lo hace la brutal escena central de “Algo que temer” es un logro al alcance de muy pocos tebeos. Y ninguno, ojo, realizado por un tándem guionista/dibujante que lleve más de ocho años publicando nuevo material con cadencia mensual.


Puede que Charlie Adlard no sea el dibujante más hot del momento, y que sus recursos narrativos y expresivos sean a estas alturas archiconocidos, pero su capacidad para producir páginas con pasmosa regularidad y su buena sintonía con Kirkman a la hora de putear a los personajes lo convierten en la elección idónea para una serie que de otro modo habría sufrido altibajos mucho más acusados en manos de diferentes ilustradores rotativos. Antes que lamentar la ausencia de un dibujante más talentoso, convendría agradecer el esfuerzo por evitarnos esos molestos bailes de dibujantes que tanto daño hacen a algunas publicaciones de otras editoriales que presumen de prestigio y veteranía.


Paralelamente, por el lado super-heroico tenemos una saga épica de space opera repleta de hostias como bollas de pan gallego que viene a cerrar numerosas tramas planteadas durante (atención) 70 números y abrir otras nuevas e imprevistas. El factor Kirkman, podemos decirlo ya, es su fascinante visión a largo plazo: el guionista puede pasarse años construyendo una línea argumental (o diez) y llevando al lector de la mano hacia un clímax largamente anticipado sin perder jamás el rumbo ni acusar cansancio en la descripción y motivaciones de sus personajes. El caso de “Invencible” es paradigmático de ello, y la espectacular “Guerra Viltrumita” es la demostración más incuestionable de esta realidad.


Tras superar el planteamiento de “héroe adolescente con problemas cotidianos” que lo hermanaba con personajes como Spider-Man o Superboy, y pasar por la etapa “slice of life con super-poderes”, “Invencible” recupera en su epopeya cósmica el aroma a “Dragon Ball” que ya habíamos catado en el arco argumental “Todavía en pie”. De hecho, los paralelismos entre la “Guerra Viltrumita” y la saga de Namek ideada por Toriyama son demasiados para resultar casuales, y uno no puede más que convencerse de que, como tantos otros nacidos a finales de los 70 y principios de los 80, Kirkman creció bajo la influencia de Goku, Krilin y compañía y ahora utiliza la inspiración obtenida del manga/anime nipón para abrazar cotas de destrucción masiva (¡y diversión!) pocas veces presenciadas en el género super-heroico.


Por fortuna, el dibujante que lo acompaña en esta hora decisiva para Mark Grayson y sus aliados alienígenas sigue siendo un Ryan Ottley funcional en lo narrativo (como apuntaba antes) pero delicioso en el terreno expresivo. Pocos ilustradores plasman la violencia gratuita como el colaborador de Kirkman en “Invencible”, y muchas de sus viñetas en esta “Guerra Viltrumita” pertenecen ya a un hipotético greatest hits con los mejores momentos gore de la colección.


Difícilmente logrará Kirkman que alguna de sus series regulares se imponga como tebeo del año en las clásicas listas que adornan la bloguesfera a finales de diciembre o principios de enero. Esa responsabilidad recaerá, con toda seguridad, en alguna novela gráfica (cursiveo, sí) planteada como un rompecabezas formal no apto para principiantes (y lo dice alguien que admira profundamente a Chris Ware, Craig Thompson, Dash Shaw o David Mazzuchelli), pero lo que está claro es que “Los Muertos Vivientes” e “Invencible” pasarán a la historia del medio por otros méritos igualmente valiosos: divertir, sorprender, aterrar y emocionar hasta el tuétano al lector que se adentre en sus miles de páginas publicadas hasta la fecha. Personalmente no podría pedirles nada más, y ya me tardan en llegar sus respectivas nuevas entregas. Tenemos Kirkman para rato, y yo me alegro.